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LA SENTENCIA Diez minutos le quedaban para decidirse: el tiempo que se tardaba en ir desde su domicilio á la Audiencia. Aquella tarde terminaban las sesiones del famoso juicio oral, y de sus labios, hechos augustos por la conciencia y por el cargo, caería sobre la cabeza del criminal la sentencia como una roca que se desprende de lo alto y aplasta al que coge debajo si brotaba de la boca del presidente, como un rocío puro que lava con las frescuras del perdón si descendía de más arriba, de los ojos del Cristo colgado en la pared para recordar á los jueces el martirio que redimió al hombre. En los veintiséis años que llevaba de magistrado vistiendo la toga majestuosa de los fallos y las siestas, no recordaba haberse encontrado tan perplejo ante un veredicto. Habíase estudiado el proceso á fondo, sin perdonar una declaración ni un antecedente; se sabía de memoria sus pliegos folio por folio, y á pesar de semejante caza de ojeo por la manigua de la causa, se encontraba detenido como ante un río invadeable, con toda su experiencia de golilla viejo y todo su entendimiento de curial de vocación, por aquel empate dé argunientos en favor y en contra del reo, de un equilibrio desesperante. Ah, cuánto se arrepentía ahora de su esterilidad de solterón, de no haber salido en sazón oportuna de entre los pliegos amarillos del papel sellado, aunque hubiera vuelto á invernar en ellos, para buscar un corazón de mujer que neutralizara con su ternura la sequedad dejada caer uno y otro día en su espíritu por los artículos del Oódigol Ahora tendría una esposa y una hija educadas á su gusto, tan conocedora como él de las leyes, que no habrían dejado de hallarla sentencia justa que buscaba. Y mientras andaba maldecía su timidez, su indiferencia, su olvido del matrimonio, su propia patrona y su gabinete amueblado, que hasta la maldita causa le habían parecido un mirlo blanco, el hallazgo de la tierra prometida y reservada al hombro solo. Atravesaba en éstas la plaza de la catedral sin notarlo; saltando inconscientemente, con su naturaleza de magistrado, desde las estériles é íntimas lamentaciones por la insoluble sentencia, hasta el último examen sintético de la causa. Y pesando de nuevo en la balanza sus piezas, apremiado por la necesidad de decidirse, 1 mismo instinto de juez histórico, severo y sereno, parecía inclinarle por fin al extremo rigor, á la pena de muerte, hallando al cabo todas las circunstancias agravantes con una fuerza lógica y de evidencia de que carecían las atenuantes. De pronto creyó encontrarse en el buen camino, en la carretera que no ofrece pérdida. Ahora veía claro el asesinato monstruoso, á sangre fría, sin pasionalismos que lo excusasen, sin nada de atávico ni de patológico. Gracias, Dios Eterno, por la repentina iluminación de la verdad! La mañana que antes, hacía cinco minutos, se le había antojado sombría, nubosa, con un nordeste inso-