Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
laridad perfecta: eran pedacitos del tiempo que iban cayendo en la nada. El revólver permanecía silencioso: en el hueco de su cañón se acurrucaba la muerte. ¿Y puedo escoger? -preguntó el sablista. -Ya te he dicho que sí- -le contestó el joven. -O tomas el reloj, ó tomas el revólver. Con el que tú no quieras m e quedaré yo. BI sablista, sin vacilar, cogió el soberbio reloj de oro. -Bien está- -dijo el joven; -salió la contraria: como toda la noche. Ahora voy á levantarme la tapa de los sesos junto á la tapia del Retiro. Adiós. Y se alejó. El sablista apretó el reloj en la mano y se echó á reír murmurando: No será tanto I Lo mismo pensé yo en una noche como ésta, y lo que hice fué vender mi revólver y jugarme los seis duros que me dieron por los seis tiros; pero no he sido tan jugador como ese. I Luis siempre tuvo muy mala cabezal Después se acercó á la farola próxima 3 examinó el reloj. Era u n soberbio cronómetro: lo menos valdría ocho mil reales, y ya le darían por él cuatro mil. Iba á guardarlo en el bolsillo derecho del pantalón, pero se detuvo. E n el fondo de aquel bolsillo sucio y grasiento había unos cuantos perros chicos, y era una profanación hacer que é l o r o del aristocrático cronómetro rozase con la i n m u n d a moneda, que además podría arañar las primorosas tapas. Pasando el cronómetro de uiía mano á otra, lo guardó cuidadosamente en el bolsillo izquierdo, asegurándose antes de que no estaba roto. Y empezó á pasearse con aire orgulloso por delante de la iluminada puerta del club. Dieron las tres en el reloj de una iglesia próxima. Nuestro hombre sacó su reloj del bolsillo y comprobó la hora. Eran las tres y diez minutos. -I Qué mal marchan esos relojes de iglesia! -dijo con desdén. Después dio cuerda á su cronómetro y se lo volvió á guardar. ¡Bealmente es u n a gran comodidad tener u n buen reloj! Si yo no tuviera éste hubiera creído que eran las tres, y son las tres y diez. í Se detuvo y agregó: -Sin embargo, para lo que yo tengo que hacer, qué importan diez minutos m á s ó menos I Con todo, bueno es saber la hora en que se vive. ¡Qué extraño es el ser humano I i Qué caprichoso y qué extravagant e! M la prudencia le contiene, ni la lógica la guía! E n el caso de nuestro sablista, ¿qué era lo más natural? ¿que hubiese vendido eL reloj ó que le hubiese empeñado? Pues bieii; aunque le asaltó esta idea varias veces, siempre la rechazó con indignación. Por algo había sido e l l o que había sido I Un hombre rico, u n hombre de buen gusto, u n caballero. Otro cualquiera, u n mendigo, u n cesante, u n ser vulgar, vendería el reloj. Pero él, D y se detuvo para recordar su nombre. ¡Hacía tanto que no lo usaba, que casi lo había olvidado; y con el nombre, el apellido I Después de todo, bien olvidado estaba. Hacía tantos años que no usaba tarjetas y que nadie le saludaba, que semejante olvido era la cosa más natural del mundo. Y resueltamente conservó el reloj. ¿Para qué? ¿con qué objeto? ¿Por qué? ¿obedeciendo á qué móviles? ¿Para qué? Para saber la hora, que es para lo que sirven los relojes; y para recordar, comtemplando las bruñidas tapas, que había sido una persona decente y que aún debía distinguirse en algo de los demás sablistas, gentecilla ruin y despreciable, que hasta tenía el descaro de hacerle la competencia. ¿Por qué? Porque él era quien era, y el atavismo de clase había despertado en el fondo de su ser con bocanadas ó de dignidad ó de orgullo. Saboreaba de antemano el placer que sentiría al dar un sablazo de dos reales y aun al recibir la repulsa desdeñosa de algún antiguo compañero, al pensar y repetirse por lo bajo: EantasT inón imbécil; tú llevas u n reloj d e ní juel ó de plata, cuando más; y yo que te doy el sablazo llevo en el mugriento bolsillo de mi pantalón u n cronómetro de ocho mil reales, en el que siempre que me place miro la hora, y mi hora es más segura que la tuya. Hay satisfacciones de orgullo que no se pagan con nada, porque son inestimables. Desde aquel día, nuestro sablista fué u n hombre ocupadísimo; y lo que es más, fué u n hombre de orden. Comienzo seguro de su regeneración moral! Daba u n sablazo, y se decía á sí mismo mirando el cronómetro: A las once y treinta y seis minutos he dado u n sablazo de una peseta. Daba otro, y á la manera que el comerciante hace una anotación en su diario, se repetía á sí mismo: A las tres y cuarenta y siete di u n sablazo de veinte céntimos. Al entrar en la taberna miraba el cronómetro y decía: Son las cuatro y- siete minutos, j A esta hora empiezo á emborracharme I Y algunas horas después, cuando