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H v PARA LO QUE SIRVE UxN RELOJ CAPRICHO CR NOMET. RICÜ ¿Qué había sido nuestro liéroe? Un joven elegante, guapo, no muy instruido, pero con la instrucción suficiente para brillar entre los que sabían menos; muy dado l los placeres, al juego, al bello sexo, y en sus postrimerías al vino. ¿Y qué es on el momento actual? ü n liabilísimo esgrimidor, que ejercita su arte en calles y en plazas á la puerta de las fondas, de los teatros y de los casinos: en suma, nn invencible sablista. E l elegante se había convertido en andrajoso; lo poco que supo se le olvidó, sus m a n e r a s finas se habían embastecido de u n modo lamentable, el vino peleón se le paseaba en rojas llamaradas por el rostro, se le encarnizaba en los ojos y le enronquecía la garganta. Vivía en perpetuo mareo alcohólico. Sólo conservaba habilidad, instinto y arte para descargar un tajo á la cabeza ó dirigir un goljie recio, que iba rectamente al bolsillo de su víctima. Y aun en su liltima y noble profesión fué descendiendo. Empezó por cien pesetas, pero esto duró muy poco; bajó á un duro, que duró bastante; y luego se hundió en el abismo de la calderilla, y hasta llegó un día en cjue u n antiguo amigo le dio cinco céntimos; en esta ocasión tiistísima tuvo u n a r r a n q u e de dignidad, y quedándose con la pieza de cobre en la palma de la mano, dijo irguiendo la cabeza: ¿Pero tú crees que yo soy un cualquiera? El otro no le hizo caso y siguió su camino. El sablista se guardó los cinco céntimos, m u r m u r a n d o e n t o n o de desprecio soberano: Menos es nada. ¡Verdad matemática indiscutible! Una noche estaba á la puerta de un club, cuando salió un joven muy elegante, muy pálido, con los ojos encendidos y a p r e t a n d o los dientes. El sablista se acercó á él y le dijo: ¿Y esta noche no me das nada? Se detuvo el joven y le miró fijamente. Ah! ¿eres tú? -murmuró con voz sorda. -JMira, no me queda más que esto. Y con una mano sacó del bolsillo del chaleco un soberbio reloj de oro, y con la otra mano, del bolsillo del pantalón, u o precioso revólver de seis tiros. La última jugada de esta noche! -siguió diciendo. -V a s á servirme para que me juegue la vida. Escoge. El sablista se quedó mirando ambos objetos; ambos brillaban á los reflejos de un farol próximo: el uno con el brillo simpático del oro: el otro con el brillo siniestro del acero niquelado. El reloj hacía tic, tac, con regu-