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p r e n d a mejor la explicación que varaos á dar. Imaginemos la esfera de un reloj. El minutero está en las doce, el horario está en la una; ambos avanzan. Pues es evidente que antes de las dos el minutero h a b r á pasado sobre el horario. Si el horario fuera luminoso, y el minutero fuera opaco y de mayores anchuras (en este caso) que el horario, cuando se encontrasen, el minutero eclipsaría al horario, su luz no llegaría á nosotros: ¿Y s e p u e d e calcular con toda exactitud el momento de este eclipse? ¡Quién lo duda! Es u n problema elemental de álgebra, ó si se quiere, u n problema de aritmética. Y se p u e d e resolver, porque se conocen matemáticamente los movimientos del minutero y del horario; porque es matemática la ley; y p o r q u e aun no sabiendo matemáticas y aun sin saber resolver ecuaciones de, p r i m e r grado, puede encontrarse el momento de la conjunción de a m b a s manecillas con toda la aproximación que se apetezca. Pues en el fondo no es otra cosa un eclipse, ni se calcula de otro modo. El horario luminoso es el sol; el minutero opaco es la luna; el observador es siempre el hombre; el momento de la conjunción es el eclipse. iClaro que el problema será má. s complicado mirando á los cielos que contemplando la esfera de un reloj; porque además, en la esfera celeste el horario y el minutero no marchan exactamente en el mismo plano ni llegan casi á tocarse! I El reloj d é l o s espacios celestes es mucho m á s grandioso que todo reloj h u m a n o! Pero si el problema geométrico es más complicado y más difícil, en el fondo eterno de las cosas ambos problemas son de la misma familia, Y se pueden calcular los eclipses; porque trabajando los astrónomos siglos y siglos, han determinado las leyes del movimiento de los astros, y por lo tanto, la ley del movimiento relativo del sol, de la luna y de la tierra. Si no, no habría previsión posible. El eclipse sería grandioso, sublime, estético, todo lo que se quisiera; pero sería inesperado, porque su período es muy grande; no es como el de nuestro ejemplo, en que la conjunción del horario y el minutero se repite á todas las horas. Pongamos otro ejemplo todavía. E n una llanura, y á cierta distancia una de otra, se extienden dos líneas férreas. En la misma llanura, y á lo lejos, hay u n a casa, y en la casa u n observador. Todos los días cruzan dos trenes, y ha un i n s t a n t e en que eVobservador ve al más próximo cubrir al más lejano. ¿Podrá calcularse con toda precisión ei momento de la conjunción? Si los trenes m a r c h a n de una manera irregular, la previsión será imposible. Pero si es regular la marcha, la previsión será muy fácil. r A. I Í l qí De dos maneras: ó por la observación, calculando el período, p a r a lo cual será preciso una serie de observaciones hasta que se determine, por ejemplo, que e n t r e u n a y otra conjunción median veinticxiatro horas exactas. O bien por el cálculo, como en el ejemplo del reloj, sabiendo que uno de los trenes sale de tal estación á tal hora y que marcha con tal velocidad, y teniendo los mismos datos para el segundo tren. Y compliquemos más el problema. Supongamos que las dos vías no están inmóviles, sino que suben y bajan por u n movimiento de báscula j con u n a amplitud d e tres ó cuatro metros en su movimiento de ascensión y de descenso, pero todavía obedeciendo á una ley fija en esta especie de palpitación ascendente y descendente. Y a el cálculo será más difícil, porque podrá suceder que cuando los dos trenes están á la par, la vía del más próximo esté muy baja y la vía del m á s lejano esté muy alta, en cuyo caso el t r e n p r ó x i m o no ocultará al lejano. Si éste, por ejemplo, llevara un gran globo de luz y el de delante u n globo opaco, n o habría eclipse para la persona que observase el cruzamiento. Se cruzarían, sí, ambos globos, pero no estarían en línea recta con el observador de la atalaya. Y decimos que el cálculo sería más difícil, pero no imposible, porque conociendo la marcha de los dos trenes y los movimientos de báscula de las dos vías, el cálculo matemático da la manera de determinar aquel momento en que los dos globos están en un plano vertical con el observador y en que las dos vías están casi al mismo nivel. Y podría saberse si el globo negro no hace más que pasar por una parte del globo de luz, en cuyo caso tendríamos un eclipse parcial, ó si lo cubre por completo en algún instante, produciendo u n eclipse total. Y podríamos calcular cómo la sombra corre por las paredes de nuestro observatorio. Y tendríamos en pequeño los mismos problemas que resuelven los astrónomos al estudiar los eclipses solares. Nos hemos explicado en términos vulgares. No hemos hablado de ascensiones rectas ni declinaciones; pero sin nombrarlas, casi casi hemos hablado de ellas. Es que en el fondo los problemas más subli mes no son otra cosa que problemas de sentido común, al menos en aquella limitadísima esfera que al hombre le es dado conocer. En nuestro ejemplo, sabemos de qué estaciones parten los trenes. Las estaciones de que partieron los trenes celestes sobre los inmortales carriles de los espacios, quién sabe dónde están y cómo se llaman I E s t o es io difícil; no un cálculo numérico que está al alcance de esos niños grandes, pero niños al fin, que se llaman sabios. JOSÉ E C H E G A R A Y De la Real Academia Hspañola m