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Los fenómenos de la líataraleza son de dos clases distintas. Los nnos son comunes, frecuentes, pudiéramos decir qne vulgares. Y éstos, por admirables que sean, no nos causan sorpresa. El sol sale todos los días por Oriente, y todos los días se h u n d e en Occidente; y la costumbre y la repetición y la experiencia tradicional de siglos y siglos, nos hace creer en la constancia de la ley. De tal suerte, qne a u n q u e el cielo esté cubierto de nubes y n o veamos el disco rojizo del astro, tenemos el firme convencimiento de que aílá en el alto cielo va marchando como siempre. No se ve, pero sobre el horizonte está; un velo de densos vapores nos lo oculta, pero él no falta. Si el sol faltase en su carrera, sería para nosotros como el desquiciamiento del universo y aun el desquiciamiento de n u e s t r a propia razón. Creemos firmemente, con n n a fe que pudiéramos llamar experimental, pero que se ha apoderado de nuestro cerebro, en la constancia, en la fijeza, en la suprema regularidad de ciertas leyes del universo. H a y otros fenómenos que n o son tan regulares, al menos para nosotros, y que, sin embargo, no nos causan asombro, porque se repiten una y cien veces, no con perfecta regularidad, pero con cierta constancia en determinadas estaciones ó en determinadas circunstancias; por ejemplo, una tempestad, el resplandor de un relámpago, la línea angulosa del rayo, la sublime curva del arco iris. En todos estos fenómenos y en otros mil que pudiéramos citar, conozcamos ó no conozcamos las caiísás que los producen, no experimentamos ni sorpresa ni asombro. L a costiimbre ha embotado del todo ó en gran p a r t e nuestra sensibilidad. Pero, en cambio, h a y fenómenos, acaso menos grandiosos que los primeros, que aparecen m á s de tarde en tarde, que al sabio no le sorprenden, pero que sorprenden á la mayoría de las gentes. Y esto es lo que sucede con los eclipses en general, y sobre todo con los eclipses de sol. El primer grupo de fenómenos, los de periodicidad diariamente repetida ó los de gran frecuencia, se nos antoja que son fenómenos naturales. Los del segundo grupo, con ser tan naturales como los primeros, se nos antoja que no lo son. A un salvaje no le causa extrañeza que el sol salga y se ponga ó que se oculte tras una nube, pero le. causa asombro y hasta terror un eclipse solar. Y, sin embargo, el eclipse solar es un fenómeno que obedece á leyes matemáticas, y á leyes matemáticas perfectamente conocidas; y así se preveen y se estudian estos fenómenos, y se calculan y se miden todas sus circunstancias por fórmulas relativamente sencillas. Más comphcado es el fenómeno que nos presenta un celaje en Occidente. ¿Qué matemático p u e d e calcular las formas del celaje, sus olores, los rayos de sol que le cruzan, sus admirables Wa matices, sus actddentes variadísimos y al parecer caprichosos? Aquí sí que no hay fórmulas, ni cálculos, ni predicciones. Habrá leyes; las h a y tan seguras como las de los eclipses, pero la razón h u m a n a es muy débil para abarcarlas todas y para reducirlas á números. El eclipse solar causa sorpresa: es evidente. El sol, siempre rojizo, empieza á obscurecerse. LTna m a n c h a negra va invadiendo su disco luminoso, y sin embargo n o se ve la causa d e la amenazadora mancha. Algunas veces, en los eclipses totales la mancha negra invade todo el disco solar, y en el momento en que desaparece el ultimo p u n t o de luz, brota alrededor del negro círculo una hermosísima aureola luminosa, y parece que el sol, por arte de magia, se ha transformado en un nuevo astro j a m á s visto en el cielo. E s como u n a estrella enorme con el centro negro y una aureola de rayos todo alrededor. E n t r e un eclipse parcial, por grande que sea la extensión de la m a n c h a obscura, y un eclipse total, la diferencia es enorme. Nadie, por haber visto el primero, puede formarse idea de lo que es el segundo. La impresión estética es diversa en un todo para ambos casos, porque la aureola no aparece sino en el momento del eclipse total, y la enorme corona luminosa rodeando el círculo negro es la que da grandiosidad al fenómeno. Pero dejando todo esto aparte, porque sobre esto se ha escrito mucho y hay muchas descripciones- -que á decir verdad todas ellas son insuficientes para despertar la emoción que aquel nuevo astro de entrañas sombrías y corona refulgente produce, -vengamos al fenómeno en sí mismo como fenómeno geométrico, pues no es otra cosa ni tiene n a d a de maravilloso, como no es maravdlla que pueda preverse y que de a n t e m a n o pueda calcularse. Lo hemos dicho; es u n fenómeno sencillísimo: la luna, p a s a n d o entre la tierra y el sol, oculta el astro de fuego: es una pantalla que pasa por delante de una luz. Y por eso el momento del eclipse, su duración, el punto del sol en que aparece la sombra, el p u n t o del sol por donde sale, la extensión del disco solar que oculta, la sombra que la pantalla lunar arroja sobre la tierra su marcha por encima de lys mares y de los continentes, la extensión de la penumbra, todo esto y mucho más, no es en e l f o n d o más que un problema de geometría que se sujeta al cálculo con extraordinaria exactitud. Son cuerpos que se mueven, según leyes constantes; pues en cada momento, y partiendo de la constancia y del conocimiento d e estas leyes, pueden calcularse las posiciones relativas que en el espacio ocuparán el sol, la luna y la tierra. E s decir, el foco de luz, la pantalla lunar y el globo terráqueo, sobre el cual caen el cono de sombra y el cono de penumbra, que vienen barriendo, por decirlo así, la superficie de nuestro planeta. Presentemos un ejemplo para qae se com-