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¡Agua! -repitió el tío G- angas con voz ronca. -Cinco mil pesetas, -contestó imperturbable el sobrino. -Primero me muero, asesino, -vociferó el enfermo. Y así pasaron algunas horas, hasta que llegó el médico para hacer la cuotidiana visita. El tío Gangas contó en el acto el robo de que querían hacerle víctima, y quiso que el propio galeno diera p a r t e al alcalde; pero el médico, que andaba también en el plan del cura, contestó que no se podía p o n e r tasa al trabajo peligroso de aquel joven, y que además ni el alcalde ni nadie se atreverían á entrar en aquella habitación. Dispuso el tratamiento y salió sin hacer caso de las vociferaciones del tío Gangas. La sed del enfermo á todo esto era atroz, y ya casi se sentía capaz de dar el dinero por el agua: pero antes quería regatearlo, rebajar lo posible la cantidad. -Dame agua, -gritó otra vez. -Ahora un vaso de ese purísimo líquido vale diez mil pesetas. ¡Diez mili ¡Ladrón! ¡ladrónI ¿No habías dicho cinco mil antes? -Sí, señor, esta m a ñ a n a valía eso, pero ahora la necesidad de usted es m a y o r que hace cuatro horas; el agua vale doble. E s la ley económica, tal como usted la entiende cuando presta dinero, y á ella me atengo. E l tío Gangas comenzó á dar b r a m i d o s como una fiera, mezclados de las más horribles injurias contra el sobrino del cura, contra el cura mismo, contra la h u m a n i d a d entera, que le dejaba allí solo al lado de aquel asesino que iba á quitarle la vida de m a n e r a m á s cierta que la enfermedad misma. Y á todo esto el tiempo transcurría, la sed aumentaba, en la boca sentía fuego, no podía resistir un momen to m á s ardía si no le mojaban el paladar, y el enfermero seguía impávido doblando la cantidad á cada hora, h a s t a que el tío Gangas, loco, desesperado, ofreció todo lo que se quisiera por el agna. E n este momento el sobrino del cura había tasado en veinte mil pesetas el vaso. De debajo de la almohada sacó el tío Gangas un cofrecito de hierro, y con verdadero frenesí contó veinte billetes de mil pesetas cada uno, que entregó á eam bio de un cuartillo del líquido apetecido. E l enfermo experimentó un verdadero consuelo en este instante, y aprovechó un pequeño período de repo- 3- -M -í í i i í. A i 1,9 so físico para lanzar las más horribles maldiciones sobre el muchacho y amenazarlo con una porción de años de presidio para cuando pudiera salir á la calle. A. jreviando, aquellas escenas se repitieron d u r a n t e nueve días. E l cura iba todas las tardes á recoger las cantidades que su sobrino cobraba por cada vaso de agua, por cada medicamento que aproximaba á la boca del tío Gangas, pero guardándose bien de entrar en la alcoba del paciente. Por fin el médico anunció que el enfermo no necesitaba cuidados de nadie, y que aunque la convalecencia sería larga, ya no había peligro alguno para su vida. Entonces fué el cura á verle por primera vez; el tío Gangas le saludó con u n chaparrón de injurias de las más soeces de su vocabulario. -Calma- -replicó sin alterarse el padre Antonio. -Aquí no tenía usted m á s que morir ó pagar al enfermero, p o r q u e el miedo ha alejado de aquí á todo el m u n d o L a vida bien vale todo este dinero; y le mostró el fajo de billetes ganado por su sobrino. No cabe duda que se ha cumplido la ley de la proporción entre el precio de la cosa y su necesidad. -Pero ¿y la caridad, grandísimos canallas? -exclamó el tío Gangas. ¡A h! ¡Se acuerda usted ahora de la caridadl Para eso he ideado este plan. Acuérdese en lo sucesivo de ella, que está por cima de todas las leyes económicas. Y arrojando el dinero sobre el lecho, salió seguido de su sobrino, y dando gracias á Dios por haber logrado que echara de menos la primera de las virtudes cristianas un hombre de tan duro corazón. E J U L I O SÁNCHEZ PASTOR DIBUJOS DE MSNDEZ tíRINGA