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-Cosas de mi oficio; deberes que no se pueden rechazar, -contestó el cura. El tío Gangas frunció algo el entrecejo. Este viene á pedirme qae no cobre los réditos esta semana á algún deudor; pues estás fresco. Y con más confianza ya, tomó asiento al lado del cura y sobre un albardón que había junto al poyo. ¿Conque deberes que no se pueden rechazar? -repitió en voz alta. -Sí, -contestó el padre Antonio; y abordando la cuestión de frente, añadió: -Desde que está usted en el pueblo, han caído en la miseria más de una docena de familias. ¿Desde que estoy yo? -exclamó levantándose el tío Gangas. ¿Pues qué, soy una plaga? -Y de las más temibles. La usura es contraria ala caridad cristiana. Por hacer un favor á un hombre se le arruina, se coge toda su fortuna, todo lo que produce. Dios no puede dejar sin castigo al que así obra. El tío Gangas sonrió primero incrédulamente, luego se puso rojo como una cereza, y con palabras descompuestas echó una verdadera filípica al pobre cura. ¿iQuién le había dicho que fuera pecado cobrar por un servicio lo que se comprometiera á pagar el servido? AHÍ todo era voluntario, y además había una ley económica que el cura, en su grandísima ignorancia, no conocía, y que consistía en que todas las cosas, incluso el dinero, tienen un valor proporcionado á la necesidad de la demanda, y esta ley era, como las leyes físicas, fatal y necesaria. -Usted no sabe una palabra de Eeonomía Política- -áijo para terminar el tío Gangas, -y yo sí, porque en la casa de banca en que estuve en Madrid no se hablaba de otra cosa. ¿Es que la religión va á ser enemiga de la ciencia? El padre Antonio se quedó aterrado; ni por un momento se le había podido ocurrir que había una ciencia que tenía entre sus principios algo que pudiera justificar lo que él consideraba una bribonada. Sahó de casa del tío Gangas pensativo y triste, y aquella noche se puede asegurar que el padre Antonio no durmió, dando vueltas en su cabeza á las más extrañas ideas. Pocos meses después, en el pueblo se presentó una epidemia variolosa que no sólo atacaba á los niños, sino que se dieron muchos casos en personas mayores. El tío Gangas fué uno de los primeros atacados; nadie quiso ir á asistirle, porque en el pueblo el contagio causaba terror, y el que no tenía familia ya podía estar seguro de que se moría solo. Por el médico supo el padre Antonio la enfermedad del tío Gangas, y acudió solícito á prestarle cuantos auxilios necesitase. -íí o tengo quien me dé un vaso de agua, -dijo el enfermo apenas vio junto á su lecho al buen sacerdote. -Yo buscaré quien le cuide, -respondió el cura; y le ofreció la asistencia de su sobrino, chico listo que había pasado las viruelas el año anterior en Madrid, donde estudiaba la carrera de Medicina, y que además no tenía miedo á nada ni á nadie en este mundo. El tío Gangas no sabía cómo expresar su gratitud, y ofreció para cuando se pusiera bueno yo no sé cuántas misas y novenas. El padre Antonio se despidió para enviar en seguida al estudiante, pero antes aprovechó la ocasión para, decir: ¿Sabe usted que desde nuestra última entre, vista he estudiado eso de la economía política? También mi sobrino sabe mucho de eso. El tío Gangas entendió, que estas palabras aprobaban su conducta, y dio un suspiro de satisfacción. A los pocos momentos el sobrino del cura, debidamente aleccionado por éste, se hallaba instalado junto á la cabecera del enfermo, que comenzaba á sentir los efectos de la fiebre en la sequedad de la boca. -Agua, -dijo con acento imperioso al enfermero. -Voy- -contestó el muchacho; -pero un vaso le cuesta á usted cinco mil pesetas, Qué dices! -gritó incorporándose en el lecho. -Que cuesta cinco mil pesetas. ¡LadrónI- -esclamó el tío Gangas. ¡Ladrón! Ya vendrá tu tío por aquí y te matará en cuanto sepa que vienes á robarme; entre tanto, aunque me muera, yo iré por el agua. En esto trató de ponerse en pie, pero las fuerzas no le permitieron incorporarse y cayó pesadamente sobre la almohada repitiendo la palabra ladrón mil veces. El sobrino del cura, aprovechando un momento en que el tío Gangas cesó en sus insultos, empezó á razonar con el mayor sosiego su conducta: f- -El precio de las cosas está en relación con la necesidad de la demanda. Nadie se atreve á acercarse á esa cama más que yo; sin mí no tendría usted agua aunque pagase millones; de manera que me debe usted dar las gracias, porque al fin y al cabo hago el servicio por un precio relativamente barato