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m: W 0 r LEY ECONÓMICA El padre Antonio, cura de Villar de Pilletes, no era un pozo de ciencia, pero ya podía figurar sin discusión entre los modelos de virtud qae tanto abundan en la Iglesia. Casi había olvidado el latín, y apenas había entendido la teología, pero los principios de la moral evangélica estaban tan arraigados en su alma, que si hubiera habido necesidad de sufrir el martirio por confesarlos y mantenerlos, al martirologio hubiese pasado su nombre. Celoso pastor, ejercía la cura de almas con fe tan ardiente, que los pecados de sus feligreses los sentía como propios, y tenía tan escrupulosa conciencia, que creía tener siempre parte de responsabilidad en el extravío de cualquiera de sus ovejas, acusándose de falta de celo cuando algún alma se perdía. Se comprenderá cuánto sufriría el padre Antonio en Villar de Pilletes si se dice que hacía cuatro años había vuelto al pueblo un feligrés que después de haber vivido en Madrid muchos años, se instaló en su casa natal para dedicarse al lucrativo negocio de prestar dinero á sus convecinos. Llamábase éste el tío Gangas; sus padres quisieron que estudiase una carrera, al tiempo que como dependiente de una casa de banca en la corte ganaba algo para su sustento; pero el estudiante resultó con poca afición A los libros, y en cambio, las operaciones de la casa en que servía le tiraban mucho, por lo cual se desistió de hacerle estudiar profesión alguna. Haciendo giros y sumando columnas de números había logrado algunos ahorros, y con ellos regresó á Villar de Pilletes cuando, muertos sus padres, quedó dueño de una casa hecha con adobes, y de media docena de fanegas de tierra, que parecía traída del Sahara por lo improductiva. El padre Antonio había conseguido que en Villar de Pilletes no existiese la usura; él daba el ejemplo siempre; cuando un labrador perdía la cosecha, de su granero salía la semilla para que al año siguiente pudiera sembrar el arruinado; si en su granero no había bastante simiente, la pedía al que la tuviera de sobra, y así con mucha caridad y mucho celo había resuelto en su aldea lo que es en todas partes un complejo problema económico. Pero el tío Gangas había venido á echar por tierra toda su obra. En cuatro años había arruinado ya á varias familias con los intereses de sus préstamos, y en cambio la casa de adobes que heredó de sus padres se había convertido en extensa y sólida vivienda reedificada con inusitado lujo, y la media docena de fanegas de tierra improductiva en unas cuantas leguas de viñedo en el sitio más fértil de la comarca. El padre Antonio se desesperaba ante estos progresos del mal, rezaba, lloraba, predicaba terribles sermones contra la usura, pero el tío Gangas no iba á la iglesia; de modo que aunque tuviera noticia de ellos, no podían llegarle al alma con la fuerza que llega la palabra sagrada cuando la inspira la unción evangélica. El tío Gangas no se confesaba tampoco; de modo que no había medio de entrarle; pero el padre Antonio, que estaba resuelto á no consentir aquella calamidad, se decidió á hablarle. Puede que Dios haga el milagro por mi conducto, y por lo menos yo tendré la tranquilidad de haber cumplido ccffi mi deber. El tío Gangas vivía completamente solo y no gozaba fama del mejor genio, pero el padre Antonio estaba resuelto á todo; si el tío Gangas le tiraba por una ventana, como el médico le anunció cuando supo su propósito, mejor. ¿Qué más podía desear que el martirio? Este seria un favor del cielo que no merecía en su humildad. Con estos ánimos se acercó una mañana, antes del medio día, á casa del prestamista. Estaba cerrada como siempre, y tío Gangas contestó desde dentro adelanteU al ¡alabado sea el Señor! con que el buen cura indicó su propósito de entrar en aquel antro. Contra lo que era de suponer, el tío Gangas, que estaba en el patio con un amero en la raano, recibió al padre Antonio con la cara más amable del mundo. ¿A qué debo tanta honra, padre Antonio? -le dijo indicándole un poyo para que tomase asiento.