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-Le llamo á usted, doctor, para que vea si me puede aliviar de cualquier modo este catarro agudo ó lo que sea. ¿Y qué ha tomado usted? -iTomé de todo! Estoy ya hasta los topes de menjurges, pastillas y jaropes. ¿Probó usted la hdenina? -Probó de todo lo que acaba en ina. Y advierto á usted, doctor, que ya no quiero gastarme en la botica más dinero. -Es usted, -mi querido don Macario, un enfermo especial, extraordinario- -Mándeme usted tomar cualquiera cosa que no haya que pedir en la farmacia. -Mi misión, por desgracia, resulta ciertamente poco airosa; mas ya que recetarle me ha vedado y usted curarse pronto necesita, tome usted en ayunas, y arropado, leche de burra, á ver si se le quita esa tos pertinaz, que es de cuidado. ¿Leche de burra, dice usted? ¡Me río I- ¿Se ríe usted? -Pues ¡claro! Me hace gracia, porque hay una razón, amigo mío, para que yo no crea en su eficacia. ¿Una razón? ¡Enfermo más cargante! -Se la diré al instante. Y crea usted que es cierto lo que digo. -Será verdad. Bien cabe en lo posible. -Yo propio fui testigo de un caso muy notable, indiscutible, que demuestra de un modo terminante que esa leche de burra tan nombrada no sirve en los catarros para nada. -Eespeto su opinión. En mis clientes he visto resultados excelentes. ¿Excelentes? Lo dudo. Óigame usted el caso á que yo aludo; Tenía mi cuñado en Valdespina una hermosa pollina, gorda, rolliza, de pulmón potente, que cuando rebuznaba se estremecía de terror la gente y el pueblo en sus cimientos retemblaba. Tuvo esta burra un hijo, alegre, juguetón, fino, gracioso Nunca nació de, fijo, un buche más robusto y más hermoso. Pero ¡ay, amigo mío! una mañana se lo encontró mi hermana, no alegre y juguetón como otros días, sino mustio, caído, tembloroso, la piel ardiente, las orejas frías, y respirando triste y angustioso. Vino el albéitar, le mandó un jarabe y unas friegas con vino muy caliente; pero la enfermedad era tan grave que á los tres días se murió el paciente. ¿Y sabe usted, amigo, qué dolencia cortó del pobre buche la existencia? -No lo sé, mi querido don Macario. Soy médico, no soy veterinario. -Pues el pobre animal se murió ¡de un catarro pulmonal I El caso, amigo mío, se me antoja que es de esos que no tienen vuelta de hoja. Esa leche que usted me ha recetado no cura los catarros. ¡Es probado! Dudar de su eficacia me permito; porque ¡calcule usted si habría tomado leche de burra el pobre animal ito! -Repito á usted que en todos mis clientes he visto resultados excelentes. Pero, en fin, la lección está bien dada. ¿Leche de burra á usted? ¡Qué desvario! Si en los burros no sirve para nada, no debe usted tomarla, amigo mío. VITAL A Z A