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Todo esto vino á expresar con la gallardía de su admirable ingenio Lope de Vega en las siguientes quintillas en que hizo el retrato de la esposa de San Isidro: No era de jazmín su frente, Ni eran de sol sus cabellos, Ni estrellas sus ojos bellos: Que otra luz más excelente Puso la virtud en ellos. Era un fénix de hermosura, Y víase el alma pura Por su rostro celestial, Como si por un cristal Se viese alguna pintura. Supuestos los tiempos que alcanzamos y la generalidad de las ideas que la carencia de fe religiosa va introduciendo en las m a s a s o b r e r a s tal vez h a y a quien se b u r l e de la dicha que gozaron en su matrimonio aquellos esposos, ocupado el uno en las penosas labores del campo y la otra en las faenas que t r a e consigo el cuidado y la dirección de u n pobre hogar doméstico. Pero sí es un hecho, que la experiencia confirma, el que la felicidad en este m u n d o no se alberga siempre debajo de techos artes onados, n i bastan una coraza de seda y una sarta de brillant e s para protegernos contra los agudos filos del dolor que amarga la mayor p a r t e de nuestra existencia; tampoco h a de maravillarnos que la paridad de caracteres, el cumplimiento m u t u o del deber, la tranquilidad de conciencia que resulta del bien obrar, y sobre todo la resignación cristiana con la voluntad de Dios, que nos ha impuesto la ley del trabajo como condición p a r a sustentar el cuerpo y para santificar el espíritu, sean factores importantísimos p a r a realizar en cada uno de nosotros la mayor suma de felicidad compatible con las condiciones de la vida presente. Así pudo llamar bienaventurados á los pobres el gran Maestro de la verdad, y así podemos afirmar que fueron dichosos Isidro y María viviendo y trabajando en servicio de Dios y de sus semejant e s E u e r a ocioso referir aquí los rasgos de generosidad que, aun en medio de su pobreza, realizaban entrambos cón- yuges en favor de los mendigos y menesterosos, porque nos asegura u n a tradición respetable que hasta el cielo intervino algunas veces p a r a que la falta de recursos materiales no fuese obstáculo al deseo que sentían aquellos humildes labriegos de socorrer la necesidad tanto en los hombres como en los propios animales. Completó la dicha de nuestra Santa el nacimiento de un hijo, á quien más tarde, después de caído en u n profundo pozo, las aguas, multiplicándose maravillosamente por las fervorosas oraciones de Isidro y d e María, fueron sacando y levantando hasta la altura del brocal, donde lo pudieron recuperar los brazos de la atribulada m a d r e Cuentan los historiadores que p o r m u t u o convenio y para dedicarse con m á s fervor á la santificación de s u s almas, Isidro resolvió continuar viviendo en Madrid, adonde se habían t r a s l a d a d o mucho tiempo antes desde Torrelaguna, en obsequio de su amo el noble Iván Vargas, y María se puso en camino de Caraquíz, donde poseía alguna hacienda, con una casilla en la cual consagróse á todo género de ejercicios espirituales y al aseo y cuidado de una ermita en que se veneraba la imagen de la Reina del cielo. Y ocurrió que habiendo la malevolencia insinuado al santo Esposo alguna especie que denigraba la honestidad de su consorte, Isidro fué á Caraquíz para desvanecer todo recelo, y puesto en observación y en sitio conveniente, vio á la Santa, con ocasión de ir á su ermita, atravesar el río J a r a m a por encima de la corriente como si fuera una sólida carretera. Con lo cual volvió á Madrid, dando gracias al Señor, que así defendía el honor de su esposa. L a cual, después de u n a vida larga y llena de merecimientos en aquel obscuro asilo, recibidos los consuelos y auxilios de la Iglesia, voló á la eternidad p a r a unirse con su esposo, que había muerto algunos años antes, y continuar desde allí ejerciendo su intercesora caridad p a r a con nosotros. J. MAEBÉS