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No es difícil señalar en la historia délos pueblos á individuos de origen obscuro que ya por su valor vapor su talento, ó más bien por las favorables circunstancias que rodearon su vida, consiguieron levantarse de la humilde condición que les habla deparado su cuna y ocupar los primeros puestos en la sociedad, ejerciendo en ella una influencia poderosa y conquistando por sus proezas ó por sus escritos la admiración de sus contemporáneos. Lo difícil es encontrar fuera de la historia cristiana quienes, sin salir del obscuro estado en que nacieron, sin llevar á cabo empresas extraordinarias y sin descollar en e! campo de las armas y de las letras han merecido sin embargo el respeto, el amor y el agradecimiento de muchas generaciones. Tal fué la humilde labradora de Torrelagtina que unió por el matrimonio la obscuridad de su origen á la de San Isidro durante su larga vida, y por sus virtudes comparte Qon este santo varón la gloria y las bendiciones que después de su muerte les viene tributando por espacio de seiscientos años, llena de regocijo v entusiasmo, la villa de Madrid. Es por extremo sensible que los cronistas del siglo xii, y sobre todo Juan Diácono, cuyo Códice conservado en nuestra Catedral, muestra bien á las claras ser obra del siglo xin, no pusiera más ahinco en legarnos la fecha precisa en que nació María de la Cabeza y los pormenores de su juventud, que movieron á n hombre de las condiciones del incomparable San Isidro á ofrecería su nombre y su mano. Pero de este solo hecho cuerdamente se puede colegir que fueron cristianos y piadosos los padres de la Santa, y que la fama de sus virtudes y lo acendrado de su devoción á los ejercicios de piedad encarecieron á los ojos de San Isidro el valor y el mérito de aquella joven mucho más que los encantos de su hermosura. No ignoraba Isidro, ápesar del trabajo humilde y constante á que se dedicaba, ya en la apertura de pozos ya en el cultivo de los campos, para procurarse con honra el necesario sustento, las condiciones que debe reunir una mujer, según las diyinas Letras, si debajo del nombre de esposa y de madre aspira á desempeñar con fidelidad esa elevada misión, acorde con los fines de la Providencia. Los atractivos de la belleza corporal los bienes de fortuna, las comodidades de la vida y otras cosas de este jaez, no arrebataban el corazón de San Isidro que buscaba en su compañera y encontró en María la hermosura del alma, la pureza de religiosos sentimien tos, el santo temor de Dios, una sincera devoción á la Virgen y una modestia que era el mayor de sus encanto