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V í este articulejo quo el pito toma mía parte muy activa en! a vida social, y nada más cierto: no hay motín, por, insignificante qne sea, ni revuelta política, donde no represente el principal papel, lín los toros es lo que nrás tomen los diestros y siniestros; y, en fin, si será importante no hay x ara qué decirlo, desde el momento que no se mueve un tren hasta que el Jefe de estación toca el pito. Hoy en la romería de San Isidro se viste de gala, se adorna de flores de papel, y después de aturdir la Pradera con sus chillidos, descansa tranquilamente real: ando el marco de algiín espejo ó haciendo las veces do florero sobre ia cómoda donde su dueña guarda el manto ir de Manila. Ir á la Pradera sin comprar un pito y sin mercar u n botijo, es faltar en u n todo á lo que dispone el Manual del perfecto romero, y si el pito, como han visto ustedes, es importautísinio, casi un artículo de primera necesidad, ¿dónde m e dejan ustedes al hijo adoptivo de Alcorcen y Ocaña? ¿hay misión más agradable que la del simpático botijo, guardándonos en su vientre el agua fresquita, para que nosotros la bebainos cuando el sol cae á plomo? El botijo es igual y no tiene diferencia de razas, porque hay dos razas de botijos, la encarnada y la blanca, pues lo mismo una que otra hacen el agua fresca. Tan importante le juzgo, que pienso que después de la creación del hombre, vino la del botijo, y á veces cuando queremos pintar gráficamente á ciertas personas, decimos: Parece un botijo. Por lo demás, y perdonen ustedes este giro oratorio, no hay nada en el verano más solicitado. E n todas partes no se oye más que la misma pregunta: ¿Y el botijo? ¿por dónde anda el botijo? Y es lo primero que saludamos cuando venimos de la calle: le levantamos en alto como si fuera un niño, y del pitorro, también hay algo de pito en el botijo, cae un simpático chorro de agua fresca y consoladora; y si es para nosotros gloria bendita, para la cuadrilla de segadores, que ahogados por el calor que funde el plomo sobre la tierra y desmaya á los pajaritos, siguen su faena, es la vida el agua del botijo, que recuesta su panza á lo largo del surco y á la sombra de las espigas. Por eso no hay que despreciar al barro: del barro salió el hombre, el botijo y el x uchero donde se espuma él gran cocido nacional. L u i s GABALDÓN