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Kl publico madrileño ha escuchado con deleite un trozo hermosísimo de la tetralogía de Wag- ner. Dlcese comunmente que la música del maestro a l e m á n no entra de u n solo tirón, y así suele suceder en todas partes. Sus sonoridades grandiosas no abren brecha en los oídos sino después de muchos cañonazos. Sin embargo, El ocaso de los dioses ha gustado desde luego. ¿Por qué? Porque aquí lo conocíamos sin saberlo. Como existe el d r a m a simbólico existe la música simbólica, y la de W a g n e r h a sido en la ocasión presente el símbolo de la E s p a ñ a que la oía. Por eso la hemos entendido al primer golpe de la batuta. El ocaso de los dioses estaba ya dentro de los oídos y del alma. Había resonado sobre nuestras cabezas con bramidos de furiosa tempestad. Lo habíamos visto en nuestro horizonte con tinieblas de pavoroso ecli pse. E n t a r d e muy melancólica, entre nubes rojas de incendio y nubes negras de pólvora, iban hundiéndose y h u n d i é n d o s e nuestros dioses. Habíamos tirado al mar el anillo de oro de nuestra leyenda, como cayó en las aguas del E h i n el anillo mágico del Niebelungo de la leyenda escandinava. Se había destruido ya la Valhala de nuestros héroes y divinidades, y sobre sus ruinas vibraba, expresada por alaridos del dolor, la apocalíptica marcha fúnebre, pregonera de la muerte de u n cielo y el entierro de u n dios. En larga procesión de féretros enormes, en los cuales apenas cabían los grandes muertos, desfilaban los que fueron columna de la patria ibera. Nuestra Valhala quedaba vacía. Allí iban á enterrarse n u e s t r a historia, nuestra leyenda, nuestro carácter, el alma que nos dio la luz, las cabezas que nos rigieron los brazos que nos levantaron. Allí Viliato, biirlador de los pretores romanos. Allí los n u m a n t i n o s asombro de Kscipión. Allí el mío Cid, terror de la morisma. Allí Alonso d e Guzmán, m á s desdichado que Abraham, porque consumó el sacrificio de stí hijo. Los E e y e s Católicos, fundadores de la unidad nacional. Cisneros, fraile y general, político y sabio. Y Colón, y Cortés, y los mártires comuneros, y Fernández de Córdoba, y Austria, y Bazán, y Pescara, y Alba, y líspínola. Allí cubiertos con laureles no teñidos de sangre, iban el santo Isidoro, y el Sabio Key, y Lulio, y Vives, y el Tostado, y Villena, y Santillana, y León, y Cervantes, y Lope, y (iuevedo, y Saavedifl, y (Calderón, y Tirso, y Alarcón, y Meló, y Moratín, y Jovellanos, y Quintana. E n suma, toda aquella legión augusta, santoral, de n u e s t r a historia, los que hicieron y conservaron la patria y rindieron ante ella la gloria al peso de su e s p a d a ó al peso de su cabeza. De aquella obra ciclópea ¿qué queda? De aquella na ción que, por milagro excepcional, dio á luz más de lo que en ella cabía, pues alumbró de su vientre un mundo, ¿qué subsiste? De aquellos gigantes del valor, de aquellos caracteres de bronce que parecían nacidos desde luego para estatuas; de aquellos políticos y capitanes que eran poetas de la guerra y de la política, porque las engrandecían como artistas, en vez de explotarlas como mercenarios; y de aquellos poetas que eran guerreros del arte, porque conquistaban escribiendo en vez de divertir como juglares; de aquella tierruca, madre de mundos; de aquella raza, ovario de héroes; de aquella historia, que por maravillosa parece cuento con que se entretiene la velada en el rancio solar, n a r r a n d o hazañas de preclaros ascendientes; de aquella leyenda que nos hacía orgullosos por tenerla y dignos por mantenerla; de aquellos dioses internos y externos, los de la realidad y los del espíritu, ¿qué permanece y p e r d u r a en este cataclismo nacional? El aniversario, el triste aniversario que la piedad de los vivos consagra á los muertos: la memoria, la triste memoria, vida postuma de lo fenecido, y los honores de la majestad destronada, honores también tristes, porque antes avivan el dolor de lo perdido que lisonjean el goce de lo presente. V l L- T f