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0 i íiíii í r ¿í- ií S O B R E LAS OLA, S. D E S P U É S D E L ÉXITO tuosamente sobie los ensebados carriles y se metió en el mar, y el silencio absoluto trocóse en un segundo en griterío ensordecedor: Diez mil personas movidas por un solo resorte gritaban y aplaudían. Antes la curiosidad j u n t a b a á las clases en pugna: después las j u n t a b a el entusiasmo. No graznaba allí el escepticismo, ni hallaba la indiferencia apática resquicio por donde asomar la ailusta cabeza. Pudieron los ojos no percibir más que el equilibrio asombroso de una gran mole de hierro que deslizándose sobre un hilo, como el mejor de los acróbatas, siguió imperturbable el camino que la sobt rbia h u m a n a le trazara; pero el espíritu advertía algo más, y ese algo fué lo que luego festejamos en la aclamación delirante y en el palmoteo febril. Una vez más triunfaba en el mundo el trabajo del hombre, una vez más arrancaba frutos á la tierra el más fecundo de los riegos, el del sudor humano llovido de la frente del trabajador. Desde el ingeniero hasta el último aprendiz, todos tenían derecho á reconocer en la victoria la participación del propio esfuerzo. El ingeniero dirigió la maniobra del lanzamiento y presenció su éxito sin que se le alterase el pulso ni se sublevara uno sólo de sus nervios. Estaba seguro de haberlo estudiado todo, y á la lealtad de la ciencia fiaba el resultado. Un obrero destacado para indicar el momento culminante de la marea, desconsolado al ver que ese m o m e n t o iba á t r a n s c u r r i r sin ser aprovechado, se desmayó de miedo al fracaso. Pues el ingeniero impávido y el obrero desmayado fueron los héroes de aquel triunfo del trabajo de todos. Con ellos triunfa también el capital, aquellos Vea- Murguía que no vacilaron en comprometer la propia fortuna por coadyuvar á la de la patria, aquellos Noriega que al sostenimiento de la factoría consagraron en momentos críticos buena suma de sus caudales, todos aquellos capitalistas congregados en la Constructora Naval. y de los cuales cuantos hemos sido sus huéspedes guardaremos siempre muy dulces recuerdos. Sólo de estas victorias del trabajo y de la industria, movidos por inteligencias y capitales deseosos de prosperar sirviendo al país, pueden salir m a ñ a n a aquellas victorias de la patria que nos rediman de la amargura de muy angustioso s recuerdos, y éstos son los horizontes que á la esperanza del patriota señalara la fiesta de Cádiz. Por algo se lee todavía en el escudo de aquella ciudad de inefable belleza é inmarcesible gloria el plus ultra, que nos dice cómo aún debemos creer que hay un más allá á que pueden todavía volverse los ojos d e E s p a ñ a Por algo se llama Extremadura el nuevo crucero; por algo se invoca con tal nombre la imagen de Hernán Cortés, que á la tierra mejicana llevó la civilización del cristianismo y el pendón castellano. Por algo se confunde en este barco el dinero de los españoles de América con el sudor de los españoles de Europa, unidos al través de los mares por la fe en el porvenir. No hay que buscar la realización á iplms ultra inscrito en las hercúleas columnas en el descubrimiento de n u e v a s tierras, que todas h a n caído ya bajo el imperio de nuestra civilizadora tristeza occidental; no hay que buscarla en la espada colonizadora del gran caudillo extremeño E s t á m á s cerca, es menos difícil y no será tan cruenta. Si unas monedas reunidas entre unos cuantos españoles que viven al otro lado del Atlántico, al poner en movimiento los brazos y la inteligencia de u n millar de obreros gaditanos, logran sacar de trozos informes de hierro u n barco de dos mil toneladas que pasee por los mares la bandera común, ¿no podremos fiar al esfuerzo de todos los españoles la esperanza de que se logre algún día formar con los materiales dispersos de la España que fué, la España que será, y cuyo símbolo busca el patriotismo dolorido de los recientes quebrantos en el casco todavía desmantelado del gallardo Extremadura? Fotoqrafiüü Reymuvdo y C SALVADOR CXÍNALS Ahora verás cómo sueltan el barco! ¡Por Dios, que paren, que se llevan á mi mamá! ¡Socorro, que me hundo! ¡Que me coge un pez