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EL CRUCERO EXTREMADURA Era la una y media de la tarde. Las nubes, que en los días anteriores amenazaron aguar la fiesta, habíanse retirado á la guarida misteriosa de la tempestad, y el sol acariciaba con sus rayos las ondas azules y en aquel momento apacibles de la inmensa ensenada gaditana. Abarcaban los ojos desde la posición que ocupábamos los confines de aquella bahía de cinco millas á que parecen asomarse, para contemplar reflejada en el mar su perfumada blancura, Eota, el Puerto, Puerto Real, San Fernando y Cádiz. A nuestro lado hormigueaba la mu- JUNTO A LA PRENSA HIDRÁULICA, ANTES DE LA BOTADURA, EL 29 DE ABRIL chedumbre. Barridos por la ola humánalos guardas de los Astilleros, la gente lo había invadido todo, y á las ricas galas primaverales del señorío mezclábase la indumentaria dominguera del pueblo. Todas las mujeres llevaban flores en la cabeza. Unas llevábanlas de trapo sobre sombreritos elegantes; otras, naturales y sobre monos de apretados cabellos. La tribuna preparada para el elemento oficial parecía cimentada sobre la multitud que se agolpaba alrededor de ella. Las miradas de aquellos veinte mil ojos codiciosos de ver concentrábanse sobre el negro casco del Extremadura, que, libre del andamiaje de la grada, sólo esperaba una orden que lo empujase al mar. Alcanzó la marea su mayor intensidad, hirviendo de impaciencia por recibir en su superficie al nueJ vo dueño, ó tal vez en sus senos pérfidos í la nueva víctima. El obispo de Cádiz roi iii con el hisopo de plata la proa del bar el ingeniero Fuster hizoásu gente una- i Qa; dio un empujón la prensa; rodaron l is últimos cepos que sujetaban al prisioiii- ro. y el Extremadura resbaló majes- EL CASCO DEL CRUCERO ENTRANDO EN EL MAR