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-Lo quo o quisiera- -dijo T Mateo- -es destruir muchas reputaciones de talento. Yo no lie nacido para criminai. H e nacido simplemente para crítico. ¿Ves tií? -dijo el diablo. -En eso sí que puedo ayudarte. -Pues t r a t o hecho. Y eoapecetnos desde ahora. -Desde ahora vamos á empezar, y á tu disposición voy á poner mazas tan formidables, que como descargues una de ellas sobre el hombre de más genio, queda hecho polvo. Sin embargo, te prevengo que este sistema sólo se aplica á los vivos, aunque no seria imposible aplicarlo á los muertos. -La reputación de los muertos no me molesta. Con aplastar vivos tengo bastante. -Pues manos á la obra. Y el diablo, sin dejar de ser lo que era, se transformó. Púsose en pie. Con cada mano cogió un faldón del frac, y sólo con esto tendió dos magniíicas alas negras. Después abrió el balcón. Volvió adonde estaba don Mateo, cargó con él, y por el balcón salió, lanzándose al espacio con poderoso vuelo. D. Mateo creyó que soñaba. Y en efecto, estaba soñando, y soñando se apretaba contra el cuerpo del diablo, recibiendo calor consolador en el calor infernal. La noche era tranquila. La luna brillaba sobre el horizonte, pero con luz muy pálida, porque estaba cubierta por una extensa neblina. Los contornos de los objetos aparecían indecisos. Era la vaguedad del sueño. El diablo paró el vuelo, y batiendo fuertemente sus negras alas, se mantuvo inmóvil en la altura. Entonces D. Mateo, separando su rostro del velludo pecho del ángel malo, se atrevió á mirar hacia abajo, y vio u n a extensa planicie, una planicie inmensa que se perdía sin límite fijo en el horizonte. Una parte de la planicie, la más próxima, parecía un cementerio; pero sin cer (a ni paredes. Se veían losas, tumbas entreabiertas, cruces, monumentos funerarios de diversas clases, coronas marchitas, flores deshaciéndose en polvo, algunos llorones, algunas filas de cipreses; todo vago, indeciso, esfumado en la niebla. Y al otro lado una fila m iy larga, muy larga, interminable, de seres h u m a n o s dirigiéndose, al parecer, hacia un punto del horizoni, te en que se adivinaban entre luces muy tenues las formas de un T. edificio; algo así como xmas escalinatas, unas columnas, una cúpula. ¿Qué es eso? -preguntó D. Mateo. -Ya lo ves- -dijo el diablo. -Vn cementerio; pero en él no descansan más que grandes hombres, hombres gloriosos, genios inmortales. A ese cementerio no vendrás tú. -Ya lo sé, y no rae importa. -Aunque te importase serla lo mismo. ¿Y aquel reguero humano? -continuó preguntando D. Mateo. -Esos son seres vivos. Los que luchan, los que trabajan, los que aspiran á la gloria y á la fama para que al fin y al cabo les entierren en el cementerio de los hombres ilustres. Mira, mira qué penosamente marchan. Tropiezan, caen, procuran levantarse, los que vienen detrás les pisotean para que no se levanten. El uno lleva unos papeles, el otro va abrazado á un cuadro, el de más allá á una estatua, el otro pulsa u n a s liras en el aire, el de m á s lejos agita u n a espada. Cada cual lo suyo, procurando alcanzar al que va delante, y todos empeñados en llegar al edificio que se ve á lo lejos. A an uno á uno; pocos son los que van unidos, y pocos son los que llegan. Las esperanzas se quedan entre los guijarros, las ilusiones suben como blancos jirones y se pierden en la neblina; ¡como qxie la neblina entera está formada de ilusiones que se han ido evaporando I- -Pues bien- -dijo D. Mateo, -contra esos son mis iras y mis rencores; contra esos te pido ayuda; que ninguno llegue; aplastarlos á todos. ¿Qué debo hacer para conseguirlo? -I m i t a r m e- -dijo el diablo. -Hacer lo que yo haga. Observa y aprende. Y de nuevo tendió el vuelo. Como en alto observatorio, colocó (mejor dicho, clavó) á D. Mateo en la p u n t a de un ciprés, resultando d e este modo un envidioso empalado. Y después bajó el vuelo. Levantó una losa en que se lela un nombre ilustre, sacó un esqueleto que llevaba alrededor de la calavera una corona de laurel, y cogiéndolo por las canillas y manejándolo como una maza, aunque á veces por lo descoyuntado de los huesos parecía un látigo, se fué al reguero humano, y á fuerza de golpes empezó á derribar figuras que no se levantaron más. Y aquí acabó el sueño, y en este punto se despertó T Mateo. Se pasó la mano por la frente, que sin d u d a por el roce del ciprés estaba verde. Meditó u n rato, y al cabo, con sonrisa siniestra, m u r m u r ó para sí: Ya comprendo para lo que sirven las glorias pasadas: para impedir que haya glorias futuras. Ya comprendo para lo que sirven los muertos ilustres: p a r a aplastar á los vivos que quieran serlo. La muerte que se perpetúa. La nada que se azota á sí misma. El diablo de mi sueño tenía razón. Desde mañana aplicaré el nuevo método. Un muerto por cada vivo, y á ver quién levanta la cabeza. Una calavera con corona de laurel, aplasta cualquier cráneo, por noble que sea; porque el muerto no siente el choque. ¡Como que no tiene ni nervios ni sangre! y p a r a todo ser vivo, siempre hay una congestión á m a n o Y D. IMateo, ante la perspectiva de sus hazañas futuras, sintió estremecimiento de placer. a- w. niRUJO t E MENDKZ JosK E C H E G A E Y De I: i Rcíil Academia I ¡spañol: i