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h a n sido condiscípulos, que acaso son parientes, prosperen y suban y triunfen en la lucha por la vida, esto sí que era intolerable. D. Mateo hubiera sufrido con resignación el mordisco rabioso de un amigo desesperado. ¡Hubiera sido á modo de una caricia infernal! Pero lo que no podía sufrir en los demás era una sonrisa de placer; porque ésta sí que le parecía mordisco dado en lo más hondo de su organismo, más en el hígado que en el corazón. Las alabanzas, los elogios y los aplausos le enloquecían de ira. Porque siempre eran para otro individuo, nunca para su propia persona. Y es que, á decir verdad, él nunca los mereció. El era un entendimiento ruin, que sólo para hablar mal de todo bicho viviente encontraba calor y cierta lucidez envidiosa. I En la escuela fué siempre el últimol ¡en su carrera el último también! J a m á s brilló ni como hombre de ciencia ni como literato, aunque no dejaba de escribir de cuando en cuando; sobre todo, cuando se presentaba ocasión de molestar á algún prójimo. Sólo transigía coa los muertos. Sólo los muertos le eran simpáticos, porque como habían tenido la modestia de morirse, no podían hacer sombra á D. Mateo. Las alabanzas á los muertos eran tolerables, toda vez que no habían de proporcionarles ninguna satisfacción; pero á los vivos ya es distinto. Los vivos gozan sus propios triunfos con u n descaro inaudito. Y p e n s a n d o en estas cosas, y ennegreciéndose el cerebro con malas ideas, y encharcándose de bilis el hígado, y fatigando sus nervios con vibración colérica, de puro fatigado se quedó dormido. Y entre pesadilla y sueño, soñó lo que sigue: Vio delante de sí, de pronto, sentado en una de las butacas del despacho, un caballero que era precisamente el diablo. D. Mateo le conoció en seguida, porque en sueños se le conoce inmediatamente al ángel de las tinieblas. No le chocó, porque en sueños nada choca, y como le había llamado tantas veces, si el diablo es bien educado, como debe serlo en esta época, era natural que acudiese al llamamiento de una persona de respeto. El diablo vestía de etiqueta: frac y corbata blanca. E s posible que también viniese del teatro. Su cara e r a pálida, de corte delicadísimo, y afeitado por completo. Sus ojos eran verdes; parecían dos hermosas esmeraldas. Su pelo despedía destellos rojizos; estaba peinado con elegancia y á la moda, y era el color tan vivo, que los mechones parecían llamaradas: ¡lenguas de fuego que salen de la cabeza, que se encorvan con gracia, y que á veces terminan por un pequeño bucle! Era una cabeza monísima. D. Mateo tuvo intención de acariciarla, pero retiró la mano porque creyó que se quemaba. Al pronto imaginó que el diablo tenía bigote m u y fino y terminado en dos puntas de lezna; poro pronto vio que se había equivocado. Es que el rnaldito sacaba la lengua, que era muy roja, muy íina y muy aguda, y la pasaba con rapidísima vibración por un lado y otro de la boca con tanta rapidez, que fingía alternativamente las dos mitades del bigote. Mas cuando el diablo hablaba, recogía la lengua y desaparecía la ilusión. Por último, en su blanca pechera centelleaban á manera de botones dos puntos de fuego. D. Mateo y el diablo se miraron, y entre ambos se entabló el siguiente diálogo: ¿Quieres comprarme el alma, dándome en cambio lo que te pida? -preguntó D. Mateo. -A eso he venido- -replicó el diablo; -que ese es mi oacio. ¿Pero tienes alma? -Míralo tú. El diablo s e levantó, le abrió la boca con sus finísimos dedos, miró por dentro, y volvió á sentarse, diciendo: Sí la tienes, sí; pero en muy mal estado. -Como hubiera dicho un dentista después de inspeccionar una muela cariada. -Esté buena ó mala, poco importa. Tú di si me la compras. -Poco me queda que comprar en ella; pero en como estas malditas almas son poco seguras, y muy negras que estén, con unas cuantas lágrimas arrepentimiento se blanquean, bueno es asegura E n suma, te compro el alma. ¿Qué me das en cambio? -Lo que tú me pidas, como esté en mis modeí facultades. -Mucho poder. ¿Para qué? -Para hacer mucho mal, todo el que me apete; P i d e s demasiado. Ni yo mismo puedo hacer t el mal que me apetece. -Al menos, mucho. -Eso sí. Pero desdichadamente estamos en i época en que ni aun con el auxilio del diablo se j de robar ó matar sin grave riesgo de ir á la cárcel. -Ni yo quiero eso. El crimen vulgar no está en naturaleza. Lo que yo quiero es que la gente no sea feliz. Viva todo el mundo cuanto pueda, pero sufriendo. Sobre todo, que padezca la vanidad de los hombres. Que se vean humillados, que la gente se ría de ellos; porque yo sé que es lo que m á s les duele. E n el orgtiUo está su perdición. -Y en él estuvo la rnía, -dijo el diablo lamiéndose con la puntiaguda lengua los delgadísimos labios.