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EL SUEÑO DE UN ENVIDIOSO En su gabinete de estudio y echado en una butaca hallábase D. Mateo Gómez cierta noche de cierto día, correspondiente á no sé qué año de la E r a Cristiana. Sin embargo, era época contemporánea, porque D. Mateo no llevaba ni trusas, n i gregttescos. ni casacón siquiera. Y no ólo época moderna, sino modeniisima, toda vez que iluminaba el despacho una lámpara eléctrica. D. Mateo era m á s bien joven que viejo, pero era feo y antipático. Color verdoso, ojos cbiqnitnelos y desteñi dos, frente estrecha, que aún la estrechaba más en aquel momento, arrugándola, como si quisiera juntar el pelo de la cabeza con el pelo de las cejas. Y era la idea más sublime que cabía n aquella frente: j u n t a r dos m a r a ñ a s La v e r d a d e. s que D. Mateo estaVia de w u y mal humor; habla tenido un gravísimo disgusto Kl d r a m a nuevo de uno de sns amigos íntimos había sido estrepitosamente aplaudido. I Es que hay días aciagosl ¡Y el día de aquella noche había empezado malí A su criado le había caído la lotería, y el pobre chico se lo participó regocijado al servirle el chocolate. Más tarde llegó un amigo, loco de contento, anunciándole que se casaba. La familia de la novia se había opuesto á la boda durante muchos años; pero todo lo vence el amor, sin necesidad de acudir á La Pata de Oabra. Ya con esto salió D. Mateo de casa de mal humor. Se fué á una librería á donde solía ir diariamente, no porque él leyese libro alguno, sino por darse aires de intelectual. El librero le dio la noticia, verdaderamente desagradable, de que el último libro de uno de sus parientes, hombre de estudio y de mérito, había obtenido una venta extraordinaria y que se estaba traduciendo al inglés y al alemán. Esto le acabó de revolver la bilis á I) Maleo. De allí se fué al Congreso, y para colmo de desdichas, un paisano suyo, compañero de infancia y condiscípulo durante muchos años, obtuvo un triunfo parlamentario. D. Mateo tuvo que irse á casa á tomar bicarbonato. Pero aún le quedaba un consuelo. Aquella noche se estrenaba un drama, como dijimos antes, de uno de sus amigos íntimos, porque tenía muchos amigos. A todos los cuales odiaba cordialmente. si bien les estrechaba la mano con efusión; pues ya dice ó debe decir la común sentencia que no quita lo cortés á lo envidioso. Y bien; según se afirmaba en los circuios literario? el drama era m u y atrevido, y tanto, que del ensayo gerieral había salido la gente espantada y augurando un enorme fracaso. Con él contaba D. Mateo, porque el destino le debía por lo menos esa reparación. Mas como el piíblico, según afirmaba D. Mateo, es medio loco, se empeñó en aplaudir lo que debió silbar, según todas las profecías literarias. Y nuestro personaje terminó la noche con un formidable derrame de bilis. Asi le encontramos antes, v e r d e y crispado y tendido en un sillón de su despacho. ¡El Universo es imbécill pensaba él; imbécil desde el primer día de la creación, y así ha seguido una y otra era; lo mismo en la de las olimpiadas, que en la juliana, que en la de Cristo. Y la pi ueba es que todavía existe la raza de Adán, sin que en t a n t o s siglos los hombres h a y a n acabado de devorarse los unos á los otros. Aún hay cielos azules, y ríos alegres y jardines floridos, y aún pasan los humanos algunos ralos buenos. Se dirá que son pocos, pero n o importa; esos pocos están demás. D u r a n t e todo aquel día había estado tropezando D. Mateo con gente feliz. Un criado zafio á quien le cae la lotería. Un enamorado estúpido que sueña con la boda. Un sabio presuntuoso que vende su libro. Un orador charlatán que arranca aplausos. Y u n autor dramático, completamente loco, que comunica su locura á u n millar de personas. En suma, cinco ó seis individuos que, al menos en aquellas veinticuatro horas, habían recibido grandes alegrías. ¡Dígase si en conciencia no tenía razón D. Mateo Gómez para darse á todos los diablos! Y en efecto, á todos los diablos se dio. E n otros tiempos hubo muchos que vendieron s u s respectivas almas á Satanás p a r a ser felices en la tierra, para tener riquezas, honores, poderío. Con mayor abnegación hubiera vendido su alma D. Mateo para que todos sus amigos reventasen de dolor. Que las personas que él no conocía fuesen felices, aún podía tolerarse; porque felicidades ajenas qiio se ignoran, no molestan. Pero que personas que se conocen, que se ven á diario, que son amigos, compañeros, que