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arboles. Todo el día, y amblen la noche, pues apenas pegaba los ojos, andaba de aquí para allá, corría, y de pronto se paraba oprimiendo el pecho entre sus manos; á veces pasaba la lengua por las rocas, c; gia u; a bocanada de agua del mar, é intentaba mascar las duras piedras; mas ay! nada saciaba ni meng. Lba su apetito fZTZr T t T rV l 1 caritativas, llorasen al verla tan desdichada; acaso el hada las había contaminado con sus hechicerías. A veces, no sintiendo más de eo que el de saciar su apetito como á pesar de hallarse en la edad de amar y ser amada desconocía los ensueños que perturban hasta a las jóvenes más ignorantes de todas las cosas tiernas, Argentina, con los brazos levántalos a lo alto en la atmósfera nocturna, clamaba á la luna, que acaso fuera buena de comer, y en la cual habría querido hincar el diente. Hasta que el hada Alcina, ó Melandra, experimentó remordimiento por la barbarie en que se complacía- W S rs- 7 íA: átí- pues nasta ios seres más. perversos tienen una hora de misericordia, -y determinó libertar á su víctima de una tortura tan espantosa, ordenando que una persona de su séquito bajara á la isla con una canastilla grande llena de los frutos más ricos del mundo. i j ü. ü n día que la princesita andaba errante por la playa, di X 3 Ó á lo lejos un paje muy bien vestido que en una linda canastilla dorada llevaba albaricoques, melocotones, ciruelas, uvas, higos y cerezas encarnadas; al instante adivinó la niña que aquello sería cosa exquisita, y corrió ávida y encantada, casi amenazadora, presta á coger, á des arrar, á engullir. o Mas cuando ya estuvo cerca el pajecito de las frutas (no imaginaba lo que podía ser por no haber visto á nadie en el mundo) le pareció tan deliciosamente lindo, con sus cabellos rubios y rizados, y sus ojos azules y soñadores, y sus frescas mejillas sonrosadas, y sus labios más encarnados que las cerezas, que se detuvo sorprendida. ¿Acaso podría comérselo también como las frutas de la canastilla? ¡Quién sabe! ¡Y le miraba, y se creía dichosa, á pesar de hallarse devorada por el hambre! Por fin se lanzó hacia él; pero antes de gustar los frutos apetecidos apiñados en la cesta, rozó con sus labios las manos que la sostenían. CATULO M E N D E S 1 IBUJ 0 E MÉNDEZ ¡ÍEtXüA