Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
La niña seguía con curiosidad creciente las revoluciones astronómicas del chico. Preveía el resultado y lo es peraba con ansiedad. H a s t a ponía algo de su parte, porque se separaba un poquito de la abuela. El chiquillo, sofocado, anhelante, las mejillas encendidas, el pelo revuelto y s u d a n d o á mares, seguía dando vueltas cada vez más dilatadas. Y el sol continuaba bajando, y sus rayos, cada vez má. s oblicuos, iluminaban la cara rugosa del viejo que dormía; la cara de la vieja que no dormía ya, y que, al contrario, seguía con cierto interés las evoluciones del muchacho, y el caño de la fuente siempre cristalino, siempre puro, siempre deshaciéndose en espumas. Al fin, el niño, violentando acaso su trayectoria, pasó rozando con la niña, y ésta le dijo riendo: Ya me h a s tocado y el pequeñuelo cerró el círculo de p r o n t o y abrazándose á la niña le dijo: Pues ahora te toco más. Y así, abrazados y riendo, se fueron á jugar otra vez bajo loa árboles. Entre los muchos juegos que inventaron, uno de los más interesantes fué éste: Se colocaban á mucha distancia y corrían los dos, uno al encuentro del otro, y en el momento de encontrarse decía el niño: Adiós, amiga. Y decía la niña: Adiós, amigo, y seguían corriendo. Y así una vez y otra vez, y siempre al encontrarse las mismas frases: Adiós, amigo, Adiós amiga, acompañadas de grandes risas, como si aquello fuera la cosa más graciosa del mundo. Pero u n a vez, al cruzarse, el niño detuvo á la niña y le preguntó: ¿Cómo t e llamas? Lolita, como mi abuela. Ella se llama Lola. ¿Y tú? Y el niño respondió: Juanito, como mi abuelo. El se llama Juan. Conque el descubrimiento fué motivo de nuevas risas. Y continuó el juego: los dos sudorosos, los dos sofocados, los dos p a s a n d o por entre los árboles y por la sombra del follaje, de la sombra á ia luz y de la luz á la sombra. Y los rayos del sol sorprendiendo sus cabecitas monas para inundarlas de claridad y dejarlas escapar luego. Pero el repertorio cambió algo; a l e n c o n t r a r s e los niños, ya no se decían: Adiós, amigo, Adiós, amiga, sino Adiós, Lolita, Adiós, Juanito. La vieja les observaba con atención. Aquellas últimas frases habían despertado en ella antiguos recuerdos. Ella también había sido niña. También la llamaban Lolita, también había jugado cerca de aquella fuente con otro niño de su edad que se llamaba Juanito, como el niño que ahora jugaba con su aleta. Y también al despedirse se decían todas las tardes: Adiós, Lolita, Adiós, Juanito Habían corrido los años; ella había llegado á ser una moza, y m u y guapa, según todos juraban. Y él había llegado á ser el mozo más gallardo de la aldea, según á ella le parecía. Pero llegó UQ momento, una t a r d e muy alegre para la fuente, para el bosque, p a r a el cielo; muy triste para los dos enamorados. El había caído soldado y se marchaba á sers ir al rey, y allí mismo se despidieron, junto á la fuente. Y junto á La fuente del beso se dieron el liltimo beso: el beso de despedida. El dijo: Adiós, Lola. Y ella dijo: Adiós, Juan. El se alejó. Ella quedó junto á la fuente. Lloró mucho, y cuando tuvo que volverse á la aldea, se lavó los ojos con el agua del caño para que n o conociesen en su casa que había llorado. Aquellas lágrimas mezcladas al agua de la fuente, sin duda hacía ya muchos años que habrían llegado al mar. Porque pasaron rñuchos años, y Lola y J u a n no se habían vuelto á ver. La vieja, al recordar todo aquello, lloró amargamente. Es lo único que no envejece! E l llanto. Pueden llorar los niños, como pueden llorar los viejos! No habrá risas, no h a b r á alegrías, acaso no habrá esperanzas; pero hay lágrimas disponibles para todas las edades. La vieja se levantó al fin, y gritó, porque los niños estaban lejos: Ven, Lolita, que ya es tarde. Al oir aquel grito, el viejo despertó y llamó también al muchacho. Y al volver junto á la fuente los niños, se estrechó el grupo de los cuatro personajes, porque los dos niños venían abrazaditos. Se vieron de cerca los dos viejos, se miraron con curiosidad y casi se saludaron con simpatía. Los niños eran amigos; pues era preciso que ellos lo fueran también. -Usted no es de la aldea, -dijo ella. ¿Es usted forastero? -De la aldea soy, que en ella h e nacido- -dijo él- -y á ella h e vuelto; que esta mañana llegamos Juanito y yo. -Pues yo siempre he vivido en la aldea, y no le conozco á usted. -Fui á servir al rey, y allá tuve que quedarme, y en otras tierras he vivido. De esto hace muchos años; I ya pasa el tiempo, ya p a s a! Los dos viejos se miraron más de cerca, y un recuerdo lejano, muy lejano, muy obscuro, muy borroso, saltaba de uno á otro como insecto que salta entre dos piedras. i, ¿Cómo se llama usted? -dijo ella, repitiendo la frase que había pronunciado su nieta momentos antes. -Yo me llamo Jxian. ¿Y usted? Y la vieja, temblándole mucho los labios, m u r m u r ó -Yo me llamo Lola. Los niños ya se despedían dándose un beso, y diciendo á %l a vez: Adiós, Lolita, Adiós, Juanito. viejos se miraron llorando. Se estrecharon las manos; VJ f ¡pobres manos! ¡Sarmientos que se entretejen con sarmien. f t o s! Y se separaron diciendo: Adiós, Juan, Adiós, Lola. 4 Pero aquella vez sin darse un beso. La fuente no era La fuente del beso más que para Jna nito y Lolita. Y la vieja se fué por el camino bajo limpiándose los ojos y llevando agarrada del delantal á la niña. jp- ir El viejo se fué p o r el camino alto llevándose al niño de la mano. S- La fuente siguió manando y el caño deshaciéndose en espumas, que íi i pronto fueron tan negras como la noche, porque el sol, lento, majes tuoso, se hundió con sublime indiferencia Ijajo el horizonte. DIBUJOS DE HUERTAS TOSE E C H E G A R A Y j RearAcademia Española