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Y así pasaron algunos momentos. El viejo reteniendo al niño, la niña agarrada á. las faldas de la vieja, y el viejo y la vieja sentados en los salientes de la roca, mientras el agua salía á borbotones coa gran fuerza, porque el caño venía muy lleno y deshaciéndose en espuma, Al fin el niño, como el más atrevido de los cuatro, se soltó de la mano que le sujetaba y vino al centro de la fuente á jugar con el agua, á tirar piedrécillas y á desviar con su manita la dirección de la pequeña catarata. De cuando en cuando, el viejo le decía levantando la vista: Mira que te estás mojando. Y después dejaba caer la cabeza, por ese afán que tienen los viejos de mirar hacia el suelo. El niño seguía con sus pequeñas travesuras y mojándose de lo lindo. La niña, sin soltar la falda de la vieja, abría mucho sus hermosos ojos azules y miraba fijamente al chico con admiración infantil, pensando acaso que aquel niño era muy gracioso y muy atrevido, y que á ella le gustaría también meter la mano en la fuente, desviar el caño y deshacer sus espumas. Pero no se atrevía, porque estas grandes empresas requieren grandes alientos. Al fin el niño reparó en ella; cesó en su faena, la contempló un rato, y se, echó á reír. Naturalmente, la niña se echó á reir también. Los pájaros se entienden piando; los niños se entienden riendo. Es el lenguaje universal de la infancia. Al fin el niño le dijo á la niña: ¿No quieres venir á jugar? Y la niña miró á la abuela, y antes de que la abuela contestase, y sin decir nada, soltó la falda de la vieja, y de una carrerita se acercó al niño. Aquella carrerita no estaba en armonía con su timidez; pero era el arranque del deseo contenido. Del mismo modo que cuando se tapa la boca de la fuente y luego se separa la mano, el primer borbotón es muy fuerte y muy espumoso. Los niños se pusieron á hablar en su jerga y á reir mucho. ¡Dijérase. que eran nuevas espumasen La fuente del beso El viejo no levantaba la cabeza, como indiferente á todo loque le rodeaba. La vieja de cuando en cuando decía lo mismo que había dicho antes el viejo: No te mojes, niña, no temojes. Y así pasó un rato. Los dos ancianos, separados, silenciosos, indiferentes, mirando á la tierra; que acaso era la negra fuente en que uno y otro revolvían sombras futuras, mientras los nietos miraban, las claras ondulaciones del agua y jugaban con sus cristales. La intimidad de los dos pequeñuelos iba siendo cada vez ma 3 or. La niña había perdido el miedo por completo y resultaba más valiente, más atrevida, más traviesa que el muchacho. Al cabo de media hora resultaron amigos íntimos. Abandonaron la fuente y corrieron bajo los árboles, agotando todo el repertorio de juegos infantiles que u n o y otro sabían. Cuando ya fueron muy amigos riñeron, como es natural; porque. cuando el cariño no puede, crecer más, tiene que convertirse en malquerencia, ya que no en odio. La niña, lloriqueando, se volvió con su abuela. El nulo, enojado, y repitiendo varias veces: Pues jugaré yo solo se puso al pie de un árbol á formar montoncitos de tierra. Los dos viejos se habían quedado dormidos; pero cuando la niña vino á buscar consuelo en su abuela, despertó ésta y se puso á mirar al í- v viejo. ¿Quién, será ése? -pensaba. ¡No le conozco; no es: de la Idea! Y de los alrededores tam: poco, porque conozco á viejos, y á ziiot zos. i Será forastero! A todo, esto, el enojo. de los peque ñuelos se iba gas éííl tanáo, como todo se i gasta: ¡enojos y ca liños! Bf Y se cansaban de estar solos, y deseaban hacer las paces; pero la dignidad les retenía en su alejamiento. Al fin, el chico encontró un medio. Se levantó y empezó á correr 1 razando círculos. Los círculos iban siendo cada vez mayores. Con lo cual se acercaba cada vez 9 0 Vi a más á la niña, sin acercarse, y toí T B S- do quedaba en su punto: la dignidad y el deseo. La niña, que al principio había hundido la cabecita en la falda de su abuela, concluyó por cansarse de aquella postura, como se había cansado de llorar. Porque así como todo pasa, todo cansa. Cansa la risa y cansa el llanto, y hay que irlos alternando. El único que no se cansaba de dormir era el viejo, y es natural. Los círculos del niño eran cada vez más anchos, y ya casi tocaba á la niña al llegar al perigeo de su órbita