Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Se destaca la figura de Santa Casilda sobre fondo castizamente español: h i s p a n o á r a b e mejor dicho. Componen este fondo paredes bordadas de arabescos sutiles, de almocárabes de complicada lacería con letras de flores, que orlan cenefas de alfarge talladas en pino alerce 3 esmaltadas de azul y oro, y r e m a t a n en techumbres con casetones de cedro y áureas pinas pendentivas; salones cuya forma recuerda la de la tienda del desierto, pues reproducen en su decoración oriental de estucos y pinceladas menudas el colorido y el diseño prolijo de los chales de Cachemira y Damasco, de las gasas de Bagdad y el I r á n en sus arcadas el dosel de pabellones colgantes. Si pensamos en la infanta mora de Toledo, creemos verla pasar dejando rastro de esencia de rosas por algún patio como el de la Alberca ó de los Leones, en Granada, circuido de columnatas de mármol blanco, y en cuyo centro u n a fuente de alabastro, que lleva inscritos versículos del Koran, desgrana con argentina música las perlas del a ua, y tiembla y riela bajo la luz d e la luna, como tiembla el alma al paso del espíritu de Dios. Aunque no fuese Toledo en tiempos de Santa Casilda lo que fueron Córdoba y G r a n a d a después, la fantasía, que no se para en ligeros anacronismos y r e ú n e los caracteres de una época entera en un personaje, finge en la Toledo del siglo X I las magnificencias del califato cordobés, y aloja á Santa Casilda en palacios semejantes al de Aihamar. La guirnalda de rosas sobrenaturales que sirve de orla á la leyenda de Santa Casilda, nos convida á figurarnos los célebres jardines de Galiana en Toledo, que nadie sabe hoy cómo serían, pero sin duda habían de asemejarse á los del Generalife y á los que en las cercanías de Valencia formaban la celebrada Almunia de Almansur. Calles de esbeltos olmos y caprichosos recuadros de arrayán y mirta, aprisionando tablares de blancos narcisos y rosas de Alejandría de embriagadora fragancia; aguas que saltan en hilillos cruzando su red diamantina en el aire, d o n d e los irisa y abrillanta el sol; cenadores de jazmín, en que sobre alcatifas reposa la infanta á las horas de la siesta, mientras esclavas nubianas tocan en la guzla alguna canción triste que acaso encierra los gérmenes del polo y la gitana soleá; mucha sombra, aromas fuertes, -así serían los jardines y así los recreos de la hija del re de Talaiiol, sin que le faltase su sala de baños de calado techo, su mirador con ajimeces alicatados, parecido al de Lindaraja, de filigrana pura; ni su camarín en la torre, nido de paloma, todo vestido de coloreados azulejos, asilo donde los pies se h u n d e n en las alfombras de Esmirna, y los sentidos se adormecen con la ligera nube que despiden los pebeteros de plata. H e r m o s a nos dice la lej enda que era Casilda; tan hermosa, que podrían haberse escrito p a r a ella las acetos del d e s v e n t u r a d o príncipe poeta Al- Motamid, y llamarla pimpollo de palma, gacela de negros ojos, huerto cerrado d e frescas flores, gala de la tierra de El- Andalús, -que así designaron los árabes á E s p a ñ a por mucho tiempo. -Y es tan poética y tan dulce la leyenda de Santa Casilda, que nos obliga á suponer la hermosura, aunque los hagiógrafos hubiesen guardado silencio acerca de este punto. E n Santa Casilda encontraremos además simbolizada la idea cristiana en la E d a d Media árabe, porque brota como lirio de pureza empapado en rocío de compasión, entre una raza sensual y en tiempos feroces y crueles. Viene representando lo más opuesto al sentido del Koran, libro que j a m á s enseñó á compadecer, según la observación acertada de un ilustre crítico moderno, Mateo Arnold. Créese que fuese Santa Casilda hija del rey Al- lMamun, á quien la historia no presenta como enemigo de los cristianos, antes bien sumiso aliado ó al menos protegido de F e r n a n d o I el Grande, y protector y amparador y huésped caballeresco de Alfonso VI el de la mano horadada. Verdad que á lo primero le obligaron el fuerte brazo y los triunfos del monarca de Castilla, y á lo segundo la ley de gratitud y acaso el deseo de tener de su p a r t e á quien supo demostrar, muerto Al- Mamun, que sólo por miramientos al viejo rey moro había respetado á la ciudad de Toledo, no sometiéndola á sus armas. Por estas cordiales inteligencias entre el e m i r de Toledo y los reyes castellanos y leoneses; por la larga residencia de Alfonso VI en la Toledo musulmana; por el período de tolerancia y hasta de galantería y obse-