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INTERVIEW CON EL BUÑOLER ¿Quién no conoce á este tipo originali simo, y quién no ha experimentado él deseo de inquirir algo de su historia? Para los aficionados que frecuentan la Plaza, el viejecillo que con su deslucido traje de luces abre el toril es una especie de institución. No h a b r á seguramente dos taurófilos que recuerden al antecesor del Buñolero en la tarea, no libre de peligros, de dar suelta á los toros que entran en lidia. Yo deseaba conocer su historia, y sabiendo que es un exacto cumplidor de su deber, resolví ir á la Plaza un domingo antes de la hora de la corrida. Cuando aún no se habían abierto al público las puertas del circo, entré iie i l; i i! H la nu un brazo; otra vez al abrir el toril acometió el toro, y el Buñolero cayó, produciéndose algunas contusiones. Acercábase la hora de la corrida mientras charlábamos, y el Buñolero m e hizo observar que tenía que vestirse. Le acompañé á su cuarto, que está en el hueco de una de las escaleras de las gradas, y mientras él se ponía la taleguilla continuamos nuestra conversación. Hablóme de los to reros que ha visto morir en la misma Plaza, que son Pepete, al Pollo y el Espartero; y recordando la cogida de éste, me decía señalando el estómago: -Le cogió por semejante sitio, y la cornada fué t a n grande, que el pobre Manuel murió antes de llegar á la enfermería. i- u: (jame Ln Curro Cuchares, Manuel Domínguez, Hermosilla, Chicorro, Lagartijo, Frascuelo, etc. etc. pero respetando la memoria de los difuntos, de todos habla bien, y no demuestra mayor entusiasmo por unos que por otros. Cada cual por su estilo han despertado su admiración, y á todos los estima igualmente. H a presenciado cuantas cogidas y accidentes han ocurrido en la Plaza desde que comenzó su oficio, y entre aquéllas recuerda como las más aparatosas la de Pepete al tirar un capote, la del Pollo y las de. Cayetano Sanz y Frascuelo, que han sido de Le acompañó á su cuarto, que está en el hueeo de una escalera, y mientras se ponía la taleguilla Una pregunta- -le dije tendií ndolc la mano: -ií ur qué tiene usted e! apodo de Buñolero? en el patio de caballos y encontré al Buñolero que, sentado en una piedra, tomaba el sol. Estaba vestido de paisano, con su chaqueta corta, su faja, su pantalón casi de. talle y su sombrero ancho. Como aún no había comenzado en aquel sitio la faena que precede á la lidia, pudimos hablar extensamente. H e aquí lo que deduje de cuanto me contó, que no fué mucho, porque entre las cosas que los afios le han hecho perder, la memoria resulta la más perjudicada. El Buñolero tiene setenta y nue e años y lleva cincuenta y ochó en el oficio que ejerce hoy. Es decir, que desde que comenzó en la Plaza vieja, en tiempos de Montes, pueden calcularse en 16.720 las veces que h a descorrido el cerrojo de los chiqueros para dar suelta á otros tantos toros. Durante este tiempo ha visto desfilar por la plaza á todas las estrellas taurinas que han brillado después de Montes. Recuerda á Lavi, Cayetano Sanz, el Salamanquino, Peroy, Quise. ver al Buñolerp en fuiíciones, y asi que abrió la puerta al prim ertorü... los matadores que han sufrido más núrnerosas, y más graves cogidas. Tarabién; e l Buñolero ha sufrido algunos percances: una vez le alcanzó u n toro al saltar la barrera, y cogiéndole e n t r e los tableros, le rompió Poco después comenzaba á oírse el clamoreo del público que iba entrando en la Plaza. Salieron las cuadrillas, y quise ver de cerca al Buñolero en sus funciones. Así que abrió la puerta al primer toro, me encaminé á mi localidad, y terminada la corrida fui á despedirme del veterano. ¡Ah! una pregunta- -le dije al tenderle la mano. ¿Por qué tiene u s t e d el apodo de Buñolero? -Pues porque ese era mi oficio antes de dedicarme á los toros. -Y después, ¿no se ha ocupado usted en otra cosa, puesto que su obligación se reduce á los días de fiesta? -Sí, señor; h a s t a hace poco me dedicaba también á pegar carteles en las esquinas, porque con los treinta reales que gano en cada novillada, y los tres duros por corrida, no me alcanzaba para vivir. E. COXTRERAS Fotografías Ásenjo