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LOS AFICIONADOS Si todos los actos de la vida de la nación obedecieran á la exactitud y á la formalidad con que se cumplen las reglas del toreo, E s p a ñ a sería un gran país, y Paraíso no tendría necesidad de pensar en Ligas de n i n g u n a clase. Pero, desgraciadamente, fuera del toreo se acabó toda n u e s t r a seriedad, yuea es el único espectáculo para el que conservamos siempre vivo el fuego sagrado y despierto el recuerdo de las gloriosas tradiciones. Y con efecto, en los toros es donde se observa con exageración, rigurosamente, lo que se anuncia. A las cuatro en punto- -dicen los carteles- -dará comienzo el espectáculo y á las cuatro en punto, ni u n minuto m á s ni un minuto menos, da el presidente la señal para que las cuadrillas pisen el ruedo, entre el estruen do de la música y los aplausos de la multitud. Pues todavía no se h a dado el caso de faltar á este artículo, primero de la constitución taurina. El pueblo, que en otros aspectos de la vida, en cosas que afectan directamente, al crédito, á la prosperidad del país, se encoge de hombros ante hechos punibles y escandalosos, guarda todas sus energías para increpar con duros motes al presidente que cambia antes de tiempo una suerte cualquiera. Seguramente no se da otro ejemplo, como en el toreo, de que las cosas vayan por su orden y en atención únicamente al mérito y antigüedad contraídos. Cuando se lidian toros de diferentes ganaderías, rompe plaza siempre la más antigua, y en los toreros, el primero que figura en el cartel es el que tiene más años de alternativa: admirable organización, única de que nos podemos vanagloriar ante propios y extraños. Espejo, fiel imagen y semejanza de cuanto digo, es el aficionado. E n literatura, en arte, en política, en cualquier materia, el aficionado, al discutir, lo hace concediendo m á s ó menos; en cosas taurinas, e l a f l c i o n a d o es intransigente. P a r a él no hay m á s credo que su ídolo, ni m á s teoría que la de su escuela, porque hasta en eso- el toreo tiene algo de filosófico. Después de la corrida, en el café, ante la lectura de los textos sagrados El Enano, El. tío Jindama, etc. surge la discusión, acalorada, violenta casi siempre. -Este revistero no sabe lo que dice- -exclama uno. -El Niño de Rociana recibió á toda ley su segundo toro. Qué había de recibir! -contesta otro. ¡Si se salió de la reunión antes de tiempo! ¡Pero qué reunión ni qué tertulia! -objeta un segundo. -Ei Niño lo aguantó. ¡Ea! con ustedes n o se puede discutir- -dice volviendo á la carga el primero; -les ciega á ustedes la pasión. Después del Guerra, no se ha puesto nadie la ropa de torear mejor que El Niño de Rociana. -i Pero cómo quiere usted que salgan toreros, de Huelva! Pa toreros Sevilla. -Quite usted- -dice el otro. -Por ahí sí que no paso. Donde está Córdoba con su Mezquita y sus dos Rafaeles, se acabó todo lo que se daba. E n Córdoba está la verdadera tía Javiera del toreo. Son tonterías: cada tierra da lo suyo. Pídale usted chorizos á E x t r e m a d u r a m o j a m a á Alicante, jamón á Aviles, garbanzos á F u e n t e s a ú c o y bizcochos borrachos á Guadalajara; pero en cambio déjenme ustedes á Córdoba para el arte taurino. Ya ven ustedes si es verdad, que en cuanto nace un niño, con el mismo pañal ya le torna de muleta á su propia madre. -Vaya, no se le puede á usted oir con calma; la verdad, el toreo extra, la enjundia está en Sevilla; en Córdoba, ¿qué hay? posturas y n a d a más. que posturas, muy bonitas para panderetas; ¡bahi suénese usted fuerte, que está usted constipao. Y sobre si recibió ó aguantó, sobre si le echaron ó no el hueso de la corrida, si tuvo el santo de espaldas ó de frente, ó si Córdoba ó Sevilla es la Meca del toreo, y otros puntos tan cardinales como éstos, se arma en el café la más estupenda catástrofe. ¡Pero que si quieres! Ronco, maltrecho, con la cabeza rota de un botellazo, todavía se siente con fuerzas el primer aficionado para decir: ¡Ole los toreros bonitos como El Niño de Rociana! ¡Ay, su m a d r e! LUIS GABALDÓX