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LAS VOCES DE LA PLAZA ¿Quiere usted, lector, que en verso lo describa, bien ó mal, las coces de los que venden y atruenan á los demás, contribuyendo al bullicio de la fiesta nacional? Pues son, poco más ó menos, las que paso á enumerar; ¡Bocas! ¡bocas de la Isla! y Agua! ¡Quién pide el agi. Alcahués americanos! Aguardiente! ¡Quién guié rncis! ¡Naranjas gordas, naranjas! Quién las quiere dos un reaV. n Fíjese en los aguadores ambulantes, y verá que los gachos, por un vaso pequeño á medio llenar do agua, fresca como un poncho y que os por lo general tornasolada y con motas como una falda vulgar, cobran al pobre sediento diez céntimos nada más. I Bocas de la Isla, bocas! o tros pregonando van, y en menos que se persigna uñ cura loco do atar, despachan todas las bocas, pues éstas, al comensal le ofrecen cada tajada, que es una barbaridad. Las bocas son buenas, pero yo no las compro jamás por el temor de que todas mo empiecen á bostezar en el estómago á un tiempo, y eso me siente muy mal. ¡Alcahués americanos! también oirá usted gritar. -i iiuffis y rliochos! Pues bueno, f- i uslcd los compra, vorá que dan tres chochos, dos chufas y un caijahuel por un real. ¡Naranjas... ¿quién aienaranjas? pregonan oli os que van recorriendo los teudidos, pnra facililar la venia, desde la propia h. inora apunlan, y ¡zas! el fiulo pipudo tiran á los que en la grada oslan, como tiran Ins pelotas i3 eloqui y Araquistain en el frontón. Lo que pasa es que así exponen á más de un espectador pacífico á uii naranjazo brutal que le deje sin narices por toda una eternidad. Sabe Dios si andando el tiempo algún día venderán en voz do agua y cacahuetes diateau, Laffite y foie- grax. Mas hoy día en nuestra Plaza no se suele pregonar á voces más comestibles que los referidos ya: ¿Qué dice usted? ¿que en los toros se oyen más voces? Sí tal, otras que animan la fiesta suele el público lanzar, particularmente cuando los toreros lo hacen mal ó el presidente se ofusca y manda una atrocidad. ¿Pero usted cree que esas coces aquí las voy á copiar? ¡No, señor, qué disparatel ¡Pues no faltaría Miásl JUAN PÉJIEZ ZÚÑIGA omUJO DE