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t i LA MANTILLA ESPAÑOLA Airosamente prendida con alflleres de plata, blanco búcaro de encajes que sostiene una guirnalda, gracioso y digno remate de u n a figura gallarda no hay en el mundo un tocado como la mantilla clásica. Sombreritos de colores con plumas negras ó blancas, gorritos de terciopelo, capotas estrafalarias h a n conquistado la tierra del calañés y la faja, y á nuestras pobres manólas, preteridas y olvidadas, mademoiseiles y misses arrollai on en España. E s la mantilla el emblema del garbo y de la arrogancia, recogida en la peineta y sobro el hombro terciada. Sólo guarda entre sus pliegues la gentileza y la gracia, y ay del día en que las hembras cañís no sepan llevarla y en lo más hondo del cofre se apelille abandonada! Con ella se irán por siempre la guapeza legendaria, los aromas andaluces y la altivez castellana. Ya sólo luce en el coso entre silbidos y palmas, difundiendo la alegría en los palcos y en laá gradas, mientras en el fiero bruto los aguijones se clavan y en la muchedumbre loca férvido entusiasmo estalla. ¡Y es que allí se han refugiado de nuestros padres las almas, que olvidaron á los hijos en los campos de batalla! Poetas y mercaderes, en imposible amalgama, ya do su sangre reniegan, su cobardía declaran, y en asambleas y libros procuran con sus palabras destruir á picotazos nuestra leyenda dorada. Pero ¿quién sabe? E n el mundo todo vuelve, todo cambia; los poderosos de antaño pudieran serlo mañana y recobrar sus dominios, nuestra lengua y nuestras armas. Delito grave sería renunciar á la esperanza mientras la raza subsista, I mientras lleven nuestras damas en la mantilla española la bandera de la patria! SiNESio DELGADO D I R U J O DE M É N D E Z BRINCA