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La trágica muerte, de Pepe- Illo, acaecida en aquel mismo ruedo de a. Flaza vieja la, nefasta tarde del 11 de Mayo de 1801, había coincidido con la, desaparición de sus dos émulos. Eomej- o y Costillares, i etirado el. üno á causa de un tumor en la mano derecha, y el otro á con secuéncia de achaques que no habían de tardar en conducirle al sepulcro. Con ello el toreo entró en uri período de decadencia en que el decreto de, Carlos lY, fechado el. año 5, y en que se prohibían las corridas, acabó de dar al traste con la afición. lista, sin embargo, no tardó, en renacer, Con el advenimiento de: Eernando yil, y, después, de unos, afíps der escasos lucimientos, volvió Á su apogeo con la misma rivalidad de escuelas, representadas las rorideñá en Jerónimo José Cándido y la sevi Iláñá én él desgraciado CnrroGuillén, qué fiábíá de pagarlas intemperancias del público con su muerte, no menos trá gicá qiie la; de Pepe- Illo, y acaecida én la plaza de Ronda el añQ 2o: Desde entonces a l a aparición de Francisco Montes, el que no sinrazón se llamó el Napoleón de los toreros; no sostie nen el fuego, sagrado. más que figuras de una importancia secundaria, tales como los Somirereros, Koque Miranda y el Mo Eeroel afiode 1832 se marca por la fecha de uno de los más gloriosos renacimientos del arte taurómaco. iMontes, juntando en sí lo más saliente de las dos escuelas, es rondeño por lo, que para y lo que se sujeta á los preceptos, y sevillano por lo que se adorna y deja á la inspiración del momento. Por tener en su favor, tiene hasta una fortuna que no han tenido sus predecesores: tras él queda el arte en todo su esplendor. El C iícZa? (iW, el que ha llevado la perfección de la suerte de recibir hasta donde no la alcanzaron, ni su rnaestro ni el mismo Pedro, Romero, es joven todavía, y tiene un rival, sevillano puro, en Curro Cuchares. La desgracia hace, sin embargo, que poco después de niorir en Chiclana Montes á consecuencia de la cornada que le diera el toro Éecobero, fallezca en. Madrid líedondo, víctima de una afección pulmonar. Francisco Arjona se queda, por elpronto, dueño del campo; pero eso le pierde. Domíiíguez lío contiende con él; Julián Casas lleva perdida la pelea; y el mismo Cayetano Sanz, á quien los chiclaneristas quieren elevar alsitial que dejó vacío su ídolo, sólo breves años lucha con alguna ventaja. El TaíO; que hubiera podido, ser uñ adversario, siempre inferior, pero adversario al fin, no pasa de ser el yerno, de, Cwrro, que tenj a. á g la presentar al airoso mozo cómo hechura suya. Í espués de él ya no hay más que otra íucha, pero en que se esgrimen armas de inferior calidad. El Tato y el Gordito dividen al público inás con odios que con entusiasmos. La prueba de ello es que éstos no se aplacan ni con la desaparición de uno de los contendientes: Queda Antonio Sánchez inútil para su profesión en la corrida con que se solemnizó la jura de la Constitución de 1869, y s ú s partidarios, siguen aborreciendo á Carmena. Pero el toreo entra entonces en. una de, sus más brillantes fases. La arí o y J rascM ío están en todo el apogeo de sus facultades. El uno es la suprema elegancia; el otro el temerario arrojo, y con ellos los aficionados, divididos siempre, pero dispuestos á dejarse vencer por lo bueno, recobran pasados entusiasmos, y nunca se ve el circo tan concurrido como en ese período que marca una noble emulación que dura más de veinticinco años. Para referir las proezas de uno y otro, habría que escribir ua libro, y apenas dispongo ya de unas líneas. ÍQE. esó prefiero dejar aquí esta, rapidísima ojeada que he echado á la historia del toreo, sin, detenerme siquiera á hacer memoria de la catástrofe que tiñe con la sangre del Espartero la arena de nuestra plaza. El nombre de Guerra, marcarido más un, breve pero no menos glorioso período que el que Frascuelo y Lagartijo señalan, sería por lo menos, título bastante para un artículo de las dimensiones de éste. Además, tales cosas están frescas en la memoria de todos, como lo está el recuerdo de muchos toreros, que no he nombrado y que sin embargo no hay nadie que olvide. Oso me había propuesto hacer otra cosa que una especie de índice de las vicisitudes por que pasó, el arte desde que nació en Konda con Francisco Komero hasta nuestros días, y como ni para esto he tenido espacio, forzoso es que el lector, apelando á sus recuerdos, colabore también un poco en esté trabajo. ÁNGEL R. CHAVES JOS DE ESTEVAN renil (o. 1 i í i j