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r -r 71 1 í- í r- V v i í i i 4 t i HISTORIA AL VUELO Como siempre fué manía de la h u m a n i d a d creer que no hay cosa buena si no hi aquilataron los años y la hicieron venerable los siglos, en lo primero que pensaron los historiógrafos de las fiestas de toros fué en re montar el origen de éstas á tan remotas edades, que muchos fueron los que no contentos con suponer la lidia de reses bravas como cosa usual y corriente entre los griegos que lucharon en Maratón y Platea, ó entre los romanos que pelearon en Farsalia y Cannas, la hicieron subir á más atrasados días y á pueblos más primitivos. Con m á s fehacientes datos se pudo demostrar que, si no los inventores, maestros por lo menos en alancear toros fueron los caballeros cristianos, y polvorientas crónicas y mejor ó peor conservados pergaminos probaron que ya desde tiempos de Sanchos y Alfonsos, lo mismo en Castilla y JÍ; eón que en las monarquías navarra y aragonesa, no hubo fausto suceso que no se celebrara en villas y ciudades con fiestas de toros, vacas ó novillos. Y tal fué esta afición, que a u n q u e la Reina católica se mostró muy contraria á ella, todo lo que pudo hacer fué prohibir que los toros se corrieran con los cuernos limpios debiéndose con ello á tan alta y esclarecida señora la invención de los embolados, tiuabre de gloria que tal vez no hubieran pensado nuestros lectores en atribuir á la que vio ondear el pendón de la cruz en las moriscas torres de la Alhambra y en las abrasadas arenas de u n Nuevo m u n d o Pero todo eso hemos convenido los que consagramos nuestros desvelos á materia tan grave y digna de res peto como la de reseñar las proezas de los héroes del pelo trenzado, en que no merece la pena de dilucidarse, y ocupándonos sólo de pasada y á título de curiosidad de la n u e v a fase que tomaron las fiestas de toros durante el período do los monarcas de la casa de Austria, olvidamos las hazañas que q u e b r a n d o rejones hicieron algunos de aquellos mismos reyes y muchos de los m á s alcurniados caballeros de su ostentosa corte, para venir á parar á lo que los aficionados llamamos verdadero nacimiento del toreo. Este, si no mienten las historias, tuvo su cuna en Eonda, y precisamente en los días en que el advenimiento de la casa de Borbón había introducido modificaciones tan importantes en nuestras costumbres, que aquellos mismos nobles que por adulación al fastuoso Felipe IV se prestaban á ser principales actores en la lidia, ahora, aduladores también de otro Felipe más misántropo y más acostumbrado á otros solaces, abandonaban la que había sido tarea exclusivamente suya á m a n o s mercenarias y asalariadas. Un mozo de sangre plebeya, pero de alma grande y de valor sereno, fué el primero que armada la diestra de u n cuchillo unas veces, de u n estoque otras, sin más defensa ciue u n a capa liada al brazo izquierdo, y cuando no, valiéndose del ancho castoreño para llamar la atención de la res, esperó á ésta á pie firme y frente á frente para herirla con t a n seguro golpe, que las m á s de las veces el toro caía á sus pies antes de que él se hubiera movido del lugar desde que le citó. Aquel mozo era Francisco Homero, tronco de una dinastía de toreros que, arrancando de su hijo Juan, había de llegar á ser verdadero asombro de la historia en su nieto Pedro Eomero, el verdadero fundador de esa escuela rondeña, sobria, elegante, parada y artística, á que aún hoy, después de más de siglo y medio, no h a n podido destronar las guapezas y monadas de otra escuela rival suya, que tuvo su origen por aquel mismo tiempo en J o s e p h Delgado, más conocido por Pepe- IUo. Los temerarios arrojos de los Palomos, la bárbara fiereza de aquel Martinaho, que según el gráfico testimonio de Goya mataba los toros sentado en u n a silla y con los pies sujetos con grillos, y hasta las gentilezas de aquel Estudiante de Falces, que hay quien dice que daba ya el quiebro que creyó inventar el Oordito más de un siglo después, quedaron pronto eclipsados por el carácter de verdadero arte, sujeto á precisas reglas que bien pronto liabía de tomar la lidia. La que realizó tal progreso, rivalizando con las bien distintas condiciones de su toreo, fué la trinidad formada por Pedro Eomero, Joaquín Rodríguez (Costillares) y el ya mencionado Pepe- Illo. Dictando las leyes del severo clasicismo de su escuela el primero; inventando el segundo la suerte del volapié y organizando las cuadrillas, en las que hasta modificó los trajes haciéndolos más ricos y vistosos, y llevando el tercero su incansable agilidad y su arrojada osadía á los más inconcebibles límites, regularizaron de tal modo la fiesta y le dieron tal arraigo, que ya el segundo monarca de aquella dinastía, que tan poco afecto se mostró á tal divertimiento, no dudó en hacer de él fuente de caridad, donando á los hospitales de Madrid la Plaza de toros que, construida por los arquitectos Moradillo y D. V e n t u r a Rodríguez, se inauguró en 1764, y permaneció en pie hasta el año de 1874, en que la piqueta la demolió cuando ya estaba construido el nuevo circo taurino con que ho cuenta la corte.