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¡Señora! ¿Quién, ha venido? -El aguador y el carbonero. ¿Con quién hablabas? ¡Con ellos! -Tráeme una taza de manzanilla. -Sí, señora. Volvieron á llamar mientras la criada preparaba la infusión. Dejó la taza sobre una mesa y corrió á abrir Se presentó en la puerta u n viejecito muy i limpio yfmuy bien vestido, que le preguntó: ¿Es usted la criada? -Sí, señor. ¿Es usted la que h a perdido u n portamonedas? -Sí, señor. ¿Ha; tenldo usted disgustos por esa pérdida? -I Y a lo creo! Como que es la mensualidad de m i señora, y si no le doy las cien pesetas, no come. -Bueno, pues tome usted aquí tiene doscientas pesetas: cien para la señora, y cien para usted. ¡Ay, señor! Adiós, adiós! Y con u n a agilidad increíble á sus años, pues parecía tener lo menos setenta, echó escalera abajo. E a i m u n d a estaba loca de alegría La campanilla de su señora sonaba como si la mano de la enferma estuviera muy nerviosa. Y la enferma gritaba: -Eaimunda Eai munda Rai mun Corrió ésta á la alcoba y vio que la paralítica tenía los ojos desmesuradamente abiertos estaba blanca como la cera- ¡Rai m u n da m e muero! ¡Me mué ro! El médico vivía en una casa de la acera de enfrente. La criada, aterrada, corrió á llamarle. Le encontró almorzando, le arrancó de la mesa, le hizo atravesar la acera sin sombrero El doctor llegó á tiempo de cerrar los ojos á la pobre señora. -Está muerta- -dijo. ¡Qué espanto! Criada y señora solas, el médico declarando que era menester avisar en seguida al juez ¿Y cómo se la iba á enterrar? Se presentó el confesor, el director espiritual. -Eaimunda- -dijo, -hay que enterrar á doña Gertrudis. ¿Poseía algo? -Yo no sé nada rr, Registraron ambos la casa, abrieron los mueA T bles No encontraron m á s que doce pesetas -s K en el cajón de una cómoda jKiU- ¿Y tú no tienes con qué enterrar á tu ama? yV Ifí g ¿Con lo que le has sisado en diez años no pue f t dffl S des pagar una sepultura? i Mira que t e vas á ysj- j HR S SR condenar si no haces algo p o r esta muerta! Si? ir 1 i ¡Condenarse! í X i j U í La Raimunda fué á la cocina, vació loa i l A j J dos portamonedas, añadió al contenido los í. j S Í i s í Á, dos billetes que le había dado el viejecito y j y- fe volvió llorando al salón. f ÍL I- r -D. Aquilino... ¿habrá bastante con esto? Í. V. U- í ¿í it M El cura contó y dijo: A -V p- i S f -Hay muy bastante, y el Señor te lo -p- í j S tendrá en cuenta. 1 M i Áá S i rC MÍ í? í -i i -l l Mientras pasaba el modesto féretro en u n coche de cuarta clase, en dirección al Este, dos ¿foí os se jugaban á las cartas, sentados al sol, las cien pesetas del portamonedas auténtico, y uno de ellos decía: -Como me las ganes... ¡te corto la cara! EusBBio BLASCO IjIBUJOS DK HUERTAP