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EL PORTAMONEDAS Dicen que e! mundo es malo y que no hay buenas aimas Verán ustedes. El día 28 de Octubre pasado publicaron varios periódieos en su plana de anuncios el siguiente: Se suplica á la persona que se haya encontrado un í portamonedas que contiene un billete de cien pesetas, JIO devuelva á la calle de Luciente, núm. 9, porque es de una pobre criada y no puede devolver dicho dinero, que no es suyo, á su dueña. Pues señor, al día siguiente, á las doce de la mañana, se presenta en la casa núm. 9 de la calle de Luciente un lacayo de casa grande con un portamonedas en la mano. Le abre la puerta Eaimunda, una criada asturiana muy guapa y muy sucia, dicho sea sin ofender á nadie. ¿Es aquí donde han puesto el anunúio de un portamonedas perdido? -lAy! sí, señor. -Aquí lo tiene usted. Se lo ha encontrado la señora marquesa del Roble. Viva usted descansada. -P -o ¿fv íjí 0! l ffi 7 HJSÍA sSí! i, AS B P v v í i 9. r i A v fl! gmflK S fl i. SÍ SS f f j í l a p f P E y f Sr K 7 Mgk jf fk í j rr í ¡Que usté lo pase bien! j 5 Y el lacayo echa á correr escalera abajo, haciendo un 1 W rt ruido atroz, y la Raimunda se queda mirando el portamo. nedas ¡que no es el suyo! j I Qué ha de ser el suyo! í 5 r- B Ella perdió uno viejo, sobado, grasiento, que no ce, i í ferraba bien, y le devuelven uno nuevo, de piel verde, precioso Lo abre y se encuentra con un billete de cien pesetas ¡y otro de veintinco! Su primer impulso le manda ir á la alcoba donde está su señora, una vieja paralítica que vive de una. pensión de cien pesetas que le pasa el Gobierno, cuyas cien pese- j- tas le había dado á cambiar la antevíspera á la criada, cuya criada las perdió, como ha visto el lector por el anuncio que le he copiado, y al volver llorando oyó decir á la vieja: ¡Tú te arreglarás como quieras, pero me das mi jdinero! i Oomo que era la vida de todo el mes de la pobre señora! Y por eso Raimunda, gastándose lo que no podía, anunció la pérdida en tres periódicos de gran circulación. Ya que tenía el dinero, y más, y olvidándose ¡ingrata! del favor que algún alma caritativa le hacía, estaba pensando en la manera de ocultar la devolución- -porque la naturaleza humana es perversa, -cuando sonó de niievo) a campanilla. Eaimunda abrió la puerta, y se encontró frente á frente de una monja. ¿Es aquí donde una criada ha perdido un portamonedas? -Sí, señora. ¿Con cien pesetas? -Con cien pesetas y una cédula de comunión. -Muy bien. Aquí está. Se lo encontró la señora duquesa del Haya, y me encarga devolvérselo á su dueña. -Soy yo. -Pues tome usted, y la paz sea en esta casa. Y la monja dio media vuelta, y la picara de la Eaimunda la dejó marcharse. Abrió el portamonedas, que era también nuevo, de piel de Rusia, y halló dentro un billete de cien pesetas y un duro. Raimunda saltaba de gozo en la cocina. Su señora hacía repicar la campanilla, cuyo cordón tenía á la cabecera de la cama, y gritaba: