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Era UQ sitio tristísimo: la espesa matita de hierba venenosa húmeda de rocío, tendía alevosamente su verdor intenso, y esparcía su olor como una caricia traicionera. ¿Me conocéis, verdad? Siempre vine para echar el ganado ahora vengo para que al ganado vayáis. ¿Qué cosas, eh? Si tuvierais boca os echabais á reir. Yo que tengo boca, no me río ¡hasta con los dientes lloro! Mezcló con el haz el manojo de trébol venenoso y de cicuta en flor, y tomó la vuelta de la choza con una enengía algo turbulenta, que la hacía tropezar y dar rodeos. Las dos vacas volvieron las cabezas y mugieron saludándola. La we nía tenía el rabo hecho una rosca, y la felá se rascaba un ijar con su lengua de á palmo. Mientras que ansiosamente molían la hierba en sus húmedas bocazas, la Corza acarició á los mansos animales con ternura, como la madre que se despide de su hijos. -Ko, no seréis de nadie. Nos vamos todos. Y señaló con la mano al horizonte obscuro, á un sitio desconocido que estaría muy lejos, acaso tenebroso, acaso riente, donde la primavera traería sólo flores y ninguna lágrima. Entró en la cerca, y los ternerillos se le vinieron encima jugando como dos cachorros. Franqueóles la puerta, y allá se fueron berreando de alegría á sacar e ultimo trago de vida de unas entrañas en que se revolvía la muerte. -Me lo daba el corazón yo no podía acabar más que en el regajo. No hubo otra más libre ni más sola. Ahora quiero serlo más. El Eemellaó dio en el clavo: ¡todo aquello no fué más que aire unrelampagazo que me dejó seca I Al llegar otra vez al sitio en que crecía blanda y jugosa la hierba mortal, crej ó oír aquel silbo de adelfa haciendo primorosos sones baja la fronda de las encinas. -No es, no es. Es el ruiseñor. Otro embustero. Aquél se calló para siempre ¡maldito sea! La luna se quedó blanca con las primeras luces de la aurora; una faja de color de rosas tiñó el borde de los cerros; a turba alada despertó en un piar inocente que remozaba el campo, y una alondra que se perdía en las nubes pasó, dejando caer su cántico vibrante como un alegre ideal que aletea en el azul infinito. Salió el sol, rojo como una amapola enorme, y sus primeros rayos de color de sangre alumbraron una cosa triste que manchaba el nacarado esplendor de la primavera. Detrás de la choza, dos vacas negras y lustrosas levantaban sus hinchadas panzas, por las que pasó el veneno. Dos becerros parecían gemir junto á las ubres frías que secó la muerte. Allá abajo, sobre la alfombra de hierbas mortales, estaba la Corza tendida, muerta, con la boca verde y el vientre hinchado, como otra vaca lozana y bravia. Sobre aquellos cuerpos había pasado una ráfaga de pasión, de la pasión que mata. JOSÉ NOGALES l lnu. lO. S DE REGIDOR