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r; j -1 aPK r f e? Juzgó por todas estas señales que no había acreedor que le reclamase tanto como la cama; y así unos y otros se despidieron. ÍJU medio de la vereda, bajo el ramaje de cuatro encinas que lo Juntaban, vio Tomás un bulto derribado sobre el haz de hierba. ¿Corza, te has caído? Pues tú no bebiste. Bien que lo reparé. -No caí. E s que tengo frío- ¿Frío tú, y en esta noche en que no sé qué soplos de horno menean las encinas? ¿Quieres que te levante? Dilo. -Quita de ahí, bestia dañina- -dijo la Corza levantándose. -Si me tocas, te estripo. -Algo menos será. Acuérdate. -Xo m e acuerdo. -Kstás repicando con los dientes. A ver, déjame si es para abrigarte, tonta. Te llevaré á la choza. -Xo es mía. H a s t a hoy no h e caído en que no es mía. E n que nada e s mío. Ni las vacas, que son tuyas. -fXoma, pues vaya un acuerdo! ¿Tú has tenido algo nunca? No tienes más que lo buena que eres y lo guapa y sargentona que Dios te ha criado. ¿Te acuerdas cuando trabajábamos juntos, y tío Celipe me reñía porque yo tocaba el silbo y no le dejaba dormir? Aquí lo traigo, tontaza; ¿quieres que toque? -Si; sí pero v e t e -Vaya, pues me iré y tocaré por darte gusto. Que m e cuides muy bien la yunta. La sombra del ramaje se tragó á Tomás, pero de aquella obscuridad surgió la cantata pastoril como un cántico del alba, que se fué alejando, que se fué perdiendo en el espeso bosque, como el eco de una esperanza que se disuelve en la brwma del terruño. ¡Oh, Dios! ya no lo oía la Corza, que seguía escuchando. Aquel gorjeo del palo de adelfa que alegró la choza, se había perdido para siempre, Y eso decía la Corza: ¡para siempre! Quedóse allí, rígida, mirando la sombra movediza, que y a no le traía uu solo eco. u n o s gusanos de luz que el haz de hierba dejó en su cabeza, abrieroa l a s linternas verdosas y se movían con su extraña fosforescencia como u n a oscilante diadema de viviente pedrería; las encinas dejaban caer como lluvia piadosa los flecos áureos de sus flores; el ramaje ondeaba con r u m o r querelloso; el ruiseñor lanzaba desde el chopo su nota de amor, cada vez más llena, cada vez m á s t r é m u l a y a p a s i o n a d a y el son dulcísimo de las esquilas r e s p o n d í a m a n s a y apaciblemente al concierto primaveral que h e n c h í a los cielos y la tierra. -Cuídalas, ¿eh? ¡Cuídalas, que son mías! Ni ellas ni yo somos de nadie. ¡De nadie! Y renegó del mundo, de un m a n d o tan embustero en que cantan los ruiseñores y se hacen el amor las mariposas m i e n t r a s el corazón h u m a n o sangra y ruge. Una súbita impaciencia la sacudió como sacudían el monte las olientes brisas; sintió el ansia de ser más libre, de ser más sola, de beber de un trago toda la a m a r g u r a -Yo sé como se hace eso. Lo sé. Ya lo verán muy pronto. Y cargando coa el blando haz ea que j u g a b a n las luciérnagas, aquel alma salvaje fuese al regajo temible donde crecía la hierba mortal con la que r e v e n t a b a n las vacas.