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-Yo, en cambio, quería mucho al pobre Pascual, y sólo sentía que no hubiera sabido hacer feliz á Luisa. ¡Ah! ¿Luisa no era feliz? -Vaya, no siga usted haciéndose de nuevas conmigo, ¿l ara qué engañarnos? Yo sé que usted lleva un año haciendo el amor á Luisa, y yo sé que ella siente por usted una viva simpatía. Xo es éste el momento de hablar de estas cosas, pero yo tengo mucho mundo, hijo. ¿Luisa simpatías? -repitió Sandoval. ¡Nunca me ha hecho caso! -Naturalmente- -contestó la madre; -Luisa estaba casada y es honradísima; pero hoy todo ha variado. ¡Ha variado! -respondió Sandoval reflejando en su rostro un relámpago de alegría. -Naturalmente. Hoy es libre y usted también; en cuanto pase el tiempo que exige la le) pueden ustedes casarse. ¡Casarse! dijo Sandoval poniendo la cara compungida. -Sólo así toleraré yo esas relaciones; porqiie á usted le consta que Luisa es la virtud misma, y para no dar lugar á murmuraciones, se e n t e n d e r á n ustedes por escrito hasta que llegue el día en que, con los papeles bajo el brazo, venga usted á pedir su mano. Sandoval, que iba de sorpresa en sorpresa, sintió la más espantosa indignación al oír aquel plan que tenia por término u n a boda en la que jamás había pensado. No sabiendo qué replicar, hubo un momento de pausa. La fruta ajena j a no era ajena; se la ofrecían al í. V e precio legal, al precio que más odiaba: al de matrimonio. Y todo eso cuando aún no estabí enterrado el difunto, en iina visita de pésame, J- J cuando sólo se debía llorar y sentir Como parecía que aquella señora esperaba una contestación, Sandoval no pudo menos de decir triamente: -Me parece que hoy no es el día de hablar de estas osas. -Tiene usted razón- -replicó con la misma ironía la m a d r e de Luisa; -hoy no es el día propio para esto, pero creí que á usted le daba lo mismo, puesto que hablaba usted antes del asunto, y era menos propio todavía. Sandoval se mordió los labios, y para no continuar tan extraña conversación, preguntó si n o podría ver á Luisa para darla el pésame, y entonces la suegra del difunto, poniéndose en pie, le repitió que á Luisa no podría verla más sino para llevarla á la iglesia. Esto hizo p e r d e r su calma á Sandoval, ue tomó bruscamente el sombrero, y contestó con verdadera rabia: -Lo que es así no la veré nunca, -y salió como disparado do la estancia. Luisa, que lo había oído todo, abandonó su escondite para arrojarse en brazos de su madre diciendo: ¡Ese h o m b r e es un canalla! -Estás salvada- -contestó sxi madre; -ya ves que te deseaba, pero no te quería. Cuando Pascual volvió de su viaje, notó en Luisa un exceso do cariño que lo complacía extraordinariamente y que no sabía explicarse. Se entristeció algo al saber que Sandoval se había ausentado de Madrid sin decirle á dónde iba y sin escribirle una mala carta; pero esa pena duró poco, porqiie la ternura que hallaba en el corazón de su esposa le absorbía todos sus sentimientos. ¡Pero qué feliz h e sido en mi viajo á líarcelona! -repetía de cuando en cuando; y su suegra, entre dientes, contestaba mirando á Luisa: -No lo sabes tú bien. E M I L I O SÁNCHEZ PASTOR DIBUJOS DE MENIJE BRINGA