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¡Enamorado de ti! -contestó la m a d r e de Luisa sonriendo. -Alrl está todo el peligro que te amenaza. Crees que te quiere, y la mujer, cuando se cree amada, está á una línea de corresponder. Te salvarás, porque ahora que tu marido se va fuera por unos días, vendré á vivir contigo d u r a n t e ese tiempo. Luisa halló un gran consuelo en la determinación de su madre. El viaje de Pascual, que así se llamaba su esposo, era, con efecto, uno de los riesgos que m á s temía, y ya en varias ocasiones había tratado de evitarlo; pero el marido, que ni sospechaba ni veía peligro alguno alrededor de su dicha conyugal, no hixo el menor caso de las observaciones de Luisa, y hasta juzgó inútil la venida do la suegra para acompaíiar á su esposa durante la ausencia, que en todo caso había de ser corta. Por fin partió Pascual, y la madre de Luisa se instaló junto á ésta. Sandoval despidió en la estación al confiado esposo, y ofreció dar una vuelta por su casa de cuando en cuando por si á Luisa le ocurría algo. Los ataques redoblaron entonces; las visitas eran frecuentes, y delante de la misma madre de Luisa se permitía ya insinuaciones que traspasaban los límites de 1 o que el respeto á una tercera persona podía tolerar buenamente. -Estarás convencida de que ese hombre está loco por mí- -decía Luisa á su madre después de todas las visitas, -y ya debíamos francamente decirle que no vuelva á poner los pies en esta casa. o- -decía la buena señora; -ahora no conseguiríamos nada con despedirle; hay que esperar una ocasión. Pascual, entretanto, estaba en Barcelona, desde donde debía ir á Valencia p a r a terminar el negocio que le había hecho a b a n d o n a r la casa. Una madrugada, Luisa recibió un telegrama que decía solamente: s Yo, ileso. -Pascual. Y estaba fechado en Tarragona. ¿Qué había pasado? Los periódicos de la m a ñ a n a lo explicaban. La noche anterior había habido un v íft r I f choque entre el expreso de Barcelona y un tren de mercancías que procedía de Valen, cia. El número de heridos era grande; el de muertos, ti- es; un corresponsal daba los f nombres de éstos, y entre ellos figuraba don Pascual N. -Luisa se llevó u n susto terrible; pero compulsadas las horas del despacho del corresponsal y del telegrama recibido en casa, resultó que éste se hallaba puesto dos horas después. Aquel Pascual muerto era otro sin duda alguna. Para mayor seguridad, la madre de Luisa hizo que el director del periódico en cuestión pidiese al corresponsal el apellido del Pascual que figuraba con u n a N en la noticia, y resultó ser un oficial de carabineros apellidado Niiñez. Comentaban madre é hija con el natural regocijo la suerte del esposo, que sin duda milagrosamente había resultado con vida del accidente, cuando la criada anunció que el Sr. Sandoval quería verlas con urgencia. -Esta es la mía- -dijo la madre. -Dios nos ha, presentado una gran ocasión. -Y mandó á Luisa que, oculta en la habitación inmediata, ojéese lo que iba á hablar con el enamorado seductor. Sandoval entró afectando una grandísima intranquilidad, y la madre de Luisa, dando terribles sollozos, so arrojó en sus brazos exclamando: ¡Ha visto usted qué desgracia! ¡Luego es cierto! -Ciertisimo; anoche mismo lo supe yo, porque iba con él su primo J u a n y me telegrafió para que preparase á Luisa. ¿Y lo sabe ya? -Lo sabe. ¡Y estará inconsolable! -Figúrese usted. Un escopetazo así porque es verdad que ella no le quería mucho, pero eso se siente siempre. A Usted, como casi es de la familia, se le puede Iiablar así. Sandoval, al oír esta salida de tono, se quedó como embobado y sin saber quó contestar; pero la suegra, haciendo que se enjugaba las lágrimas y que tranquilizaba un poco, continuó: