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NOVELAS EELÁMPASOS U PRINCESA MORGÁNÁTIGA I- ¡Otra vez el negrol Llevo perdidos siete mil francos y a p e n a s me quedan unos luises. Lo prudente es r e t i r a r s e en buen orden, d a n d o la cara al. enemigo. E n cambio eaa alemana archinoble que parece un plato de crema, con su cara pálida, y su amiga la vaca n o r m a n d a d e la duquesa, tienen delante de sí u n montón de oro. ¿Y la princesa viuda morganática, que es h o y la nota de Monte Garlo, va á quedar por bajo de esas dos deidades rollizas? Nunca! ¡Cuanto tengo á un plenol Sigue la mala. ¡Oómo se ríen esas imbéciles! Comentan mi derrota con la cuadrilla de gomosos que las rodea. ¡Y lo horrible es que estoy arruinada, que debo el hotel, el coche, todo! Contaba con la bola de marSl, y la bola de marfil está en connivencia con mis rivales para burlarse de mí. ¡Me miran! í J í j- rn Í- 1 I i 1- ¡Las mataría! Ah! E 1 triunfo es mío! El millonario yanki que vive viajando d e t r á s de mí implorando una mirada mía, me salva d e seguro. No andará muy lejos. Ahí distingo su calva y su abdomen d e azucarero. Ya se acerca. ¿Un millón de doUars á mi disposición? Acepto el préstamo. Queda e m p e ñ a d o mi corazón. ¡El millón entero al rojo! De una vez. ¡Qué emoción en la mesa! ¡Maldita suerte! Voló. II- ¿Qué usted decir, señoga? -Lo que oye, míster. Aunque viuda morganática de un príncipe ruso, soy española, y por tanto altiva. -Pero usted e m p e ñ a r su corazón y hacer el año y vencer el plazo. Conque devolverme los cincuenta mil dugos, ó quegerme, ó pagarme los integeses. ¿Usted s e cree que e s t á h a b l a n d o con algún colono de los grandes lagos? Kepito que n o tengo ese millón, ni siquiera lo necesario para los intereses. Y en cuanto á mi corazón, ¿ha creído usted de veras que vale tan poco? ¿Por qué me dejó usted levantar de la mesa en Monte Cario, viendo impasible mi ridicula fuga? Entonces pudo usted hacerse amar, y hoy sería yo hasta su esposa. Usted lo quiso. ¡Jaraás aceptaré IBU cariño! ¡Beso á u s t e d la m a n o! A h bien! A sus pies, señoga; pego ya usted saber que no engañarse fácilmente á míster Gordon. ¡Acuérdese que se lo decir en el gabinete gosa de su hotel! III- -Mañana á estas horas en el Oriente- Exprés camino de Grecia, con mi marido al lado. ¡Quién iba á decirme hace seis meses, cuando le conocí en BadenBaden, que llegara un día en que llevase su nombre y fuera la condesa de Morea! ¡Y lo m á s raro, que me casase por amor! ¡Porque amo á ese iiombre con toda mi a l m a! ¡Es un verdadero descendiente de los héroes griegos, generoso, caballeresco, t e m e r a r i o soñador! Pasaremos la luna de miel en Atenas, á la sombra de las sagitadas ruinas. ¿Se puede? -Adelante, Anita.