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sado por la fiebre, víctima de una de esas enfermedades de ios niños, súbitas, terribles, tan á m e n u d o indomables. E n t r ó tu señora, hermosísima y sabiendo que lo estaba. Si tú no se lo h u b i e r a s dicho tantas veces! ¡Si no se lo repitieras á cuantas mujeres te consultanl- Alto ahíl- -interrumpió el espejo. -Yo digo siempre la verdad: si los que la oyen interpretan á su gusto mis palabras, no es mía la culpa. No estaba su interlocutor para discusiones, y continuó así: -Tu señora parecía muy contrariada; golpeó el suelo con el pie, frunció el entrecejo y meditó un espacio no muy largo, y al fin, i Q u e vaya J u a n en seguida á buscar al médico- -dijo volviéndose á la niñera v á la doncella, que le oían asombradas; -quédense ustedes velando h a s t a que yo vuelva y no digan nada al señor no vaya á alarmarse Y como el señor llamaba á la puerta p r e g u n t a n d o por Miguel, precipitóse ella á su encuentro, diciendo con la mayor naturalidad mientras se ponía los guantes: Está dormido. Calla, que vas á despertarle, y vamonos, que ya es tarde. Y salieron, mientras el niño apretaba los puños y mordía las sábanas, anudada la garganta, sin poder llorar ni gritar. Poco después e n t r a b a el doctor, un caballero de mediana edad, simpático aspecto, mirada penetrante, frente ancha y despejada. Las dos enfermeras, quitándose m u t u a m e n t e la palabra, explicaron á media voz entre lágrimas y suspiros los síntomas de la fulminante enfermedad, mientras el doctor observaba con el ceño fruncido la amoratada carita del enfermo, su respiración anhelosa, el bronco sonido del aire al salir difícilmente por la garganta, y las convulsiones de su menudo cuerpecito; preguntó después por la madre, y al sorprender lo ocurrido en las truncadas incoherencias de la confusa doncella, dejó caer la abrasada mano que en la suya tenía y me miró hosco y airado; después sonrió con la sonrisa del escéptico que descubre una nueva miseria h u m a n a se encogió de h o m b r o s y dirigióse hacia la puerta. ¿Quiere el señor que vaya por alguna medicina? se atrevió á preguntar la niñera desolada. El doctor se volvió como si fuera á decir algo, arrepintióse luego y salió por fin m u r m u r a n d o ¡Para qiié! Diez minutos después- -continuó el reloj tras una pausa con trágico acento- -Miguel recobró un instante la calma, y levantando de pronto hacia mí sus deditos crispados, gritó: ¡Mamá, mamá! con esa voz desgarradora del más débil de los seres al sentirse vencido por el más terrible de los monstruos, y cayó hacia atrás, mientras yo le contestaba, llorando, las doce Alboreaba cuando entró la madre como un huracán, a r r a s t r a n d o su riquísimo traje, mesándose los desgreñados cabellos, atronando con sus gritos la estancia é intentando reanimar con sus besos tardíos la inerte figurita de cera. Arrancóla de allí el señor y volvió á poco, sentóse j u n t o á la cuna, escondió la cara entre las manos y lloró mucho, m u c h o tiempo- -J a m á s descubrí en las facciones, que tú llamarías hermosas, de la madre sin entrañas, esas huellas que deja el arrepentimiento cuando pasa borrando el pecado Debe haber en lo más hondo de los infiernos un reloj gigantesco, que remede con su estridente tic- tac el líltimo gemido desgarrador de todos los Miguelitos de este mundo, p a r a atormentar coa incesante martilleo por toda la eternidad los oídos impíos de las madres que les abandonaron. Estremecido de cólera cantó el reloj las once, mientras el espejo sonreía en la obscuridad, m u r m u r a n d o entre dientes: ¡Qué sabes tú! (TABETEL MAITRA lUnU- lOP HE NI R. 1 E