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¡Qué! ¿Te asombra mi erudición? Pues a p r e n d e que nosotros los frivolos, hombres ó cosas, tenemos el don de asinailarnos cuanto oímos, y 3- 0 me he rozado mucho con gente de letras en estos últimos tiempos ¡Ay! ya se me conoce. ¿Has leído os Bandidos? ¿Yo? -exclamó indignado el reloj. -Odio á los literatos, á todos los artistas; ellos y los tontos son los únicos que m e desprecian. -A m i m e gustan mucho- -replicó el otro; -son los hombres que más á m e n u d o me consultan. Pues decía que Franz von Moor pregunta al pastor Moser cuál es el mayor de los pecados, el que más irrita la cólera divina. -La pereza, -interrumpió el reloj entre segundo y segundo. -Cuando yo hablo puedes interrumpirme, pero cuando habla Schiller debes callarte. Me estás pareciendo uno de esos literatos de que h á jpoco renegabas. Y sigo. No conozco m á s q u e dos contesta Moser. Parricidio se llama el uno, y fratricidio el otro. ¿Esa es toda la fantasía de tu Schiller? -exclamó el reloj. -Pues el que nosotros presenciamos es mil veces mayor: t a n grande, que sólo el recordarlo me hace daño. ¿Te acuerdas de la noche en que murió Miguelito, el primero, el único hijo de tu señora? El espejo olvidó como por ensalmo su gota y su bilis. Pues si precisamente aquella noche había sido una de las más felices de su existencial Y púsose á relatar los incidentes de ella. -La señora iba al baile de la Duquesa su tía, u n a de las grandes fiestas madrileñas. Tú, filósofo adusto, medidor indiferente del tiempo, de la tristeza ó de la dicha, no sabes lo que significa u n baile para una mujer liermosa. A mí me lo cuentan todo ó lo averiguo yo sin que ellas me lo digan: los triunfos y las derrotas, las envidias sufridas, los celos d e s p e r t a d o s las conquistas hechas. Si t ú n o fueras lo que eres, describiríate yo aquí con las escrupulosidades y minucias que el asunto merece, los encantos sin par ni número de la señora, tales como yo los vi y contemplé muchas veces con íntimo regocijo, que ganó aquella noche su mayor altura y eminencia; bástete con a p r e n d e r que nunca está m á s nerviosa una mujer guapa que cuando se acicala y compone para un baile, y que nunca está más guapa una mujer guapa, que cuando está m á s nerviosa. Las horas felices pasan pronto; y así, en m e n o s que te lo refiero, la señora estuvo vestida. Salió la doncella á b u s c a r l a taima de pieles y nos quedamos s o l o s Comenzó ella por fijar en mí a q u e l l o s o j o s irresistibles de terciopelo negro con una de esas miradas que acarician quo después aceroándo. e do I rando á todos lados labios rojos como la más roja de las cerezas y... yo caí hacia atrás desvanecido, incapaz de soportar tanta dicha. Cuando me rehice, temeroso de que interpretara mi éxtasis como desvío, oí los pases de la doncella que se acercaba presurosa y sentí en el mismo sitio que rozaron sus labios l a s u a v e caricia de aquella mano, más blanca, más fina que yo, confirmando para siempre nuestros secretos amores Des pues la doncella le dijo no sé qué, y salieron ambas precipitadamente. Calló el espejo, excitado por el esfuerzo hecho y los recuerdos evocados, y el reloj, que escuchaba paciente la relación, contraídos sus labios por 1 a sonrisa del desprecio exclamó entonces: -Ignoras, pues, lo que pasaba mientras tanto en la alcoba que yo presidía. Pues escucha á tu vez, Miguel, el angelito de tres años que t a n t a s veces te había lamido y jugado frente á ti, se retorcía en su cunitá, abrr-