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UN CRIMEN SIN CASTIGO El gran reloj de pared cantó las diez con voz cascada, que resonó lúgubre en la sala de almoneda casi vacía; su Jadeante tic- tac y valetudinario timbre, contrastando con su noble aspecto y restaurado ropaje, relataban mudos la larga y azarosa existencia de un reloj venido á menos. Vibraba aún el eco de la última campanada, cuando despertó con un quejido el gran espejo de luna que en el opuesto rincón de la sala parecía. Tampoco este segundo personaje era ningún niño; la ictericia, procreada tal vez por el recuerdo de tiempos felices en días de amargura, tiñó de amarillo su ancha cara cuadrangular, antes tan pulcra y reluciente; los malos tratos descascarillaron la pintura blanca con ribetes rosa de sus pier ñas largas y elegantes, mientras sus pies anchos y bien formados se agrietaban crujiendo sin cesar, presa de la gota despiadada. -Entre el reuma y tú- -dijo al fin encarándose con el reloj, -entre el reuma y tú no me dejáis dormir. Ya podías guardar más consideraciones á los amigos que vuelves á encontrar después de tantos años de separación. ¿Amigos? -interrumpió desabridamente el reloj sin cesar en su trabajo. -La amistad es hija de la simpatía y de la confianza. ¿Cómo hemos de simpatizar tú y yo, que nada tenemos de común? Tú hablas de dormir: yo no descanso. Tú no cesas de lamentar tus enfermedades: yo desprecio estas galas con que los hombres intentan sobornarme, y camino impasible hacia la muerte á través de los años, que yo mismo señalo segundo por segundo, hora por hora. Tú eres el frivolo afeminado consejero de la mujer, servil adulador de cuantos te tratan: yo el afrodita implacable sin más que un señor: el tiempo. Tú eres linfático, todo fachada: yo nervioso, todo corazón. Sonrió benévolamente el espejo, de antiguo acostumbrado á las brusquedades de su interlocutor, á quien respondió diciendo: -A pesar de tus cosas, te tengo cariño, sin duda porque hemos vivido juntos los mejores años de nuestra existencia. Esta tarde, cuando al quedarme solo en esa galería me trasladaron aquí, te reconocí en seguida. ¿Recuerdas qué felices éramos en aquel principal de la calle de Alcalá, y o en el tocador de la señora, tú en la alcoba de al lado? Cuántas cosas he visto desde entonces! -Yo también- -añadió el reloj, arrastrado á pesar suyo por la locuacidad de su compañero. -Hombres y mujeres, niños y viejos me han hecho correr y detenerme, y hasta vengádose en mí brutalmente cuando no satisfacía sus antojos Necios! Siempre de espaldas á las causas, encenagados en los efectos. He presenciado idilios y tragedias, risas y lágrimas, heroísmos y crím- enes. ¿Crímenes? -preguntó sobresaltado el espejo. -No te asombres; el mayor de cuantos conozco le presenciaste tú también, le inspiraste quizá. ¿Yo? -Tú, sí. Rebusca en tu memoria. ¿Cuál es el crimen mayor que puedes imaginar? -Te contestaré con Schiller- -iSchiller!