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Saludó al agresor con suma cortesía; le dijo con voz conmovida: Hermano, los muertos te perdonan y siguió su camino frotándose la mejilla, que le escocía bastante. Este incidente le elevó á las regiones de la filosofía. Me explicaré. Adelardo se desdobló- -por decirlo de este modo. -ü n Adelardo, el moribundo, iba marchando mecánicamente, sin pensar, sin sentir, como una sombra. Otro Adelardo discun- ía con absoluta independencia, pero también mecánicamente. ¡Esta es la vida y esta es la muerte! pensaba el que pensaba. Toda esta gente que encuentro, que van á sus negocios y á sus afanes, unos alegres j otros tristes, y los más en babia, en realidad se encuentran en el mismo caso que yo, sólo que ignoran la Hora de su final partida. Sentenciados son para los que no vendrá el indulto; cadáveres en preparación; reos de pena capital con prórroga más ó menos larga, pero siempre breve. Sólo que ignoran el momento preciso, 5 una esperanza vaga y estúpida les hace creer que nunca llegará. Entretanto, los intereses y las pasiones les gobiernan. Mi caso es el mismo y es distinto; y porque es distinto no le doy importancia á un bofetón más ó menos. Ün bofetón que se deshace en toda una eternidad es poca cosa; en rigor no es nada: es la nada abofeteándose á sí misma. Y volvió á frotarse la mejilla, que se le iba hinchando por momentos. ü n inmenso desdén brotaba de aquellas filosofías para todas las cosas terrenas Y volvió á casa de Matías, y no le eucontróa Le dejó una tarjeta llamándole á toda prisa, y tristemente volvió á su casa por las calles más solitarias. La luz del día iba cayendo; Adelardo ya ni sentía ni filosofaba; de niebla se le iba llenando el cerebro, y se tocaba las manos y se las encontraba frías. ¡Es mucho D. Anselmo! ¡Maldito viejo! Llegó á su casa, entró en sti despacho, se tendió en el sofá, y así se quedó horas y horas, sin más idea que una sola, negra, con todas las negruras de la nada, y que se traducía por esta frase: Se acabó, esto se acabó. Chisporroteaba la chimenea, el péndulo hacía tic- tac, y á compás del péndulo repetía Adelardo: Se acabó, esto se acabó. ¡Qué noche tan horrible! Todo jirón de sombra se le figuraba que era una de las alas del ángel de la muerte, que se agazapaba en los rincones. Todos los cordones que sostenían las colga- duras se le representaban como el rabo dei diablo que andaba oculto tras los cortinajes. Las ascuas de las chimeneas eran como los presuntos resplandores del infierno. Los muebles del despacho eran monsti- uos de formas extrañas. El mismo sofá venía á ser como el lecho mortuorio en que ya empezaba á dormir el sueño eterno. A no ser infalibles los fallos de D. Anselmo, se hubiera muerto Adelardo con alguna anticipación. Y llegó el día, y penetró la luz; y Adelardo se levantó de pronto, salió como un loco, pidió el coche, se metió en él, y á escape hizo que le llevaran á casa de D. Matías. Sentía un miedo horrible y no quería iiiorir sin confesión. Subió, llamó, atropello á la criada que salió á abrirle, penetró en la alcoba del sacerdote, que no se había levantado todavía y que estaba leyendo un periódico, y arrojándose de rodillas junto á la cama, empezó de este modo: -D. Matías, D. Matías, i qué angustia, qué pena, qué dolor! Usted no sabe ¡Ay, Dios mío! D. Anselmo- -Sí, lo sé: sí, lo sé, -dijo D. Matías. Lo dice el periódico; lo estaba leyendo. ¡Qué desgracia! ¿Eh? ¿Qué? ¿Cómo? ¡Que el pobre D. Anselmo acabó de volverse loco, como se estaba temiendo por todos sus compañeros desde hace un año. Y que ayer en un ataque terrible se arrojó por el balcón y quedó muerto sobre la acera. Adelardo se puso en pie, se le refrescó el alma, como si todas las brisas de la primavera se le hubieran metido en el cuerpo. Estrechó las manos á D. Matías, y diciéndole cariñosamente: Volveré, ya volveré; tenemos mucho que hablar se fué á su casa, sano de cuerpo y con una alegría inmensa, infinita, como si Dios mismo le hubiera declarado inmortal. Entró en su despacho y escribió la siguiente nota para el establecimiento de pompas fúne bres: En la segunda cinta, y en el hueco qiie queda, hay que poner: Anselmo Salgado. Porque, eso sí, pensaba Adelardo, D. Anselmo era infalible: en olfateando un muerto, muerto teníamos; pero esta vez, el muerto es él. Y respiró con fuerza. Estaba el feliz joven en el caso de los que todavía no se han muerto: había conseguido prórroga. JOSÉ E C H E G A E A Y De la Keal Acadeinia l- -xp: inoI: i DIIÍU. 10 P im VÁRELA