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Y aunque Adelardo tenía empañados los ojos, creyó ver una contracción singular en la boca de D. Anselmo. Debía ser una contracción horrible de dolor. Adelardo se dominó del todo, resuelto á morir en la plenitud de su dignidad; y entre el joven y el médico se entabló el siguiente rapidísimo diálogo: ¿Es del corazón? -Del corazón. -Lo temía. -Yo también. ¿No hay esperanza? -Ninguna. ¿Cuántos meses de vida? ¡Meses! -Yel maldito viejo se echó áreir. Es decir, Adelardo creyó al pronto que D. Anselmo se reía, y hubo un instante en que se le ocurrió estrangularle; pero luego- comprendió que aquellos sonidos extraños eran gritos angustiosos y acaso arcadas de orgullo científico; porque debe inspirar orgullo, siquiera sea doloroso, esta idea: Yo puedo tasar la vida de ese hombre, y ni un día le queda más de vida, que la que yo con mi ciencia le tase ¡Meses, meses! -siguió murmurando D. Anselmo. -Un día, sólo un día. Con, todo lo cual, se marchó D. Anselmo á tropezones, sin decir una palabra, y al parecer llorando, y Adelardo se quedó más muerto que vivo. Al fin y al cabo se repuso; recogió todas sus energías; miró cara á cara á la muerte, y pensó que era hombre, que era caballero y que era- cristiano. De suerte que debía mostrar valor aunque no lo tuviese; esto por el concepto de hombre. Debía liquidar todas sus deudas y dejar en orden sus asuntos; esto por lo de caballero. Y por lo de cristiano, debía buscar al padre Matías, que fué el confesor de su padre y de su madre en aquellos pasados trances en que D. Anselmo les sentenció á muerte, y al propio D. Matías pedirle los auxilios espirituales necesarios para morir con la conciencia tranquila y en paz el alma. Para todo esto le concedía D. Anselmo veinticuatro horas de término. El plazo era mucho mayor que el que habían concedido á D. Juan Tenorio; ¡y veinticuatro horas dan mucho de sí! Adelardo, que ya no tosía ni sentía palpitaciones de corazón, porque virtualmente se consideraba en el otro mundo, quiso salir de éste de una manera honrosa. Se vistió de negro, como si anticipase el luto por su propia persona. Pidió el coche y se fué á casa de la bailarina. No por pensamientos m V: pecaminosos, sino por pura delicadeza. Había prometido pagarle una cuenta de modista, y un caballero no olvida estas promesas ni aun al borde de la tumba. Salió triste de la visita: era el último adiós á una vida muy agradable y á una juventud muy entretenida. Después se fué á ver al P. Matías, pero no le encontró en casa; y por matar el tiempo, ya que el tiempo le mataba á él, se le ocurrió que podría ir á encargarse una corona fúnebre: Esto era justo, delicado y decoroso. Un hombre debe cumplir siempre bien hasta consigo mismo. Y se encargó una corona de quinientas pesetas, mandando que en una de las cintas pusieran; Adelardo Antolín y en la otra cinta: A su querido amigo Iba á repetir Adelardo Antolín pero se detuvo. ¿Qué nombre? -preguntó el encargado de las pompas fúnebres. -Mire usted- -dijo Adelardo, -deje usted el nombre en blanco; quiero decir, en negro, toda vez que es negra la cinta; que ya se le mandará una nota con el nombre del finado. Después se fué á escoger una losa de mármol para su tumba, y maquinalmente repetía, modificándolos ligeramente, aquellos versos del drama de Zorrilla: Én este mármol mortuorio- -que labraron ara mí Con tanto sentimiento iba recitando los tales versos, que se enterneció profundamente y tuvo que marcharse á toda prisa para no romper á llorar en público. Cuando entró en el coche lloró amargamente. Se sentía mal, muy mal. D. Anselmo había acertado. La muerte se acercaba. Para respirar aire fresco se bajó del coche y avanzó lentamente por la Carrera de San Jerónimo, j, ¡Cuánta gentel ¡Cuánta alegría! ¡Cuánta vidal ¡Cuánta luz 1 El cielo se había despejado y el sol brillaba en todo su esplendor. Adelardo caminaba mecánicamente; se sentía cadáver, se sentía espectro; mejor dicho: no se sentía. A) doblar una esquina tropezó con. un caballero. El caballero- -que debía ser persona de mal carácter- -le dijo una insolencia. El, por la costumbre y sin sahei lo que decía, le contestó con otra insolencia de la misma familia que la primera; y el caballero descargó sobre el sepulcral rostro de Adelardo un soberano bofetón. El primer impulso de Adelardo fué repeler la fuerza con la fuerza; pero luego pensó que no le quedaba tiempo para un duelo por tener que asistir al suyo, y que no era tampoco prudente morir en pecado mortal. I