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nn mñ D. Adelardo Antolín era un joven de treinta y dos años. lín otro tiempo, en el de Eapronceda- -pongo por ciaso- -no se liubiera podido decir, que A los treinta y dos años era joven Adelardo, toda vez que por obra y gracia del romanticismo habíanse fijado los treinta años para recibir, de golpe y porrazo, todos los desengaños malditos de la vida, que así recibidos arrugan y envejecen. De entonces acá lian variado las cosas: no hay desengaños posibles, porque con el abuso se agotaron todos, y u n hombre puede ser joven á los treinta y dos aíios, y hasta puede llegar á serlo á los cuarenta, tomando las debidas precauciones. Adelardo era, pues, joven; era además guapo, aunque algo marchito por el derroche que hacía de la vida; era rico, porque disfrutaba una renta segura de treinta nril duros anuales; era huérfano desde los veinte, como lo es todo aquel á quien se le mueren los padres. Tenía talento, aunque buena parte de su cerebro estaba de barbecho. Con todo, en los círculos que frecuentaba, por instruido se le tenia. Y en verdad que sus conocimientos no eran muchos, pero sí escogidos. Sabía, en el orden militar, que la Historia contaba con tres grandes capitanes: Anníbal, César y Napoleón; y en el orden cientílico, que Newton había descubierto la gravitación miiversal, y que además Newton era inglés, porque para cosas de peso no hay como los ingleses. Era admirador de Shakespeare, aunque no conocía las obras del inmortal dramaturgo más que por traducciones francesas. Por bondad de carácter concedía talento á Calderón y l ope, y hasta rnostraba cierta admiración por Cervantes. Ko hubiera permitido que en su presencia insultara ningún extranjero á la pobre España; pero en la intimidad no creía en nuestras glorias pasadas. Agregúese á esto que hablaba francés, montaba á caballo, tiraba á las armas, y que era una especie de Don J u a n Tenorio á la moderna. Pues á pesar de todo, de su juventud, de su ilustración y de su riqueza, despertó una mañana tosiendo desesperadamente, con la cabeza pesada, el pecho oprimido, el cuerpo quebrantado y con palpitaciones desordenadas del corazón. Sin embargo, como no sentía fiebre, se levantó, se fué á su despacho y se tendió en una butaca. Mas como era aprensivo en sumo grado, y su conciencia no andaba muy tranquila ni moral ni físicamente- -y perdóneseme el adverbio, -mandó llamar á i) Anselmo Salgado, qiie médico había sido de toda su familia, y en el cual tenía absoluta contianza. V zfx m tÍSÍ ¿J i i 1 D. Anselmo era, en efecto, u n gran médico v un sabio enorme: inteligencia profunda y poderosa: gran fantasía científica y larga práctica: sus sentencias eran infalibles. Cuando afirmaba que D. Fulano iba á morirse tal día y á tal hora, jamás D. Fulano le desobedeció: tal día y á tal hora e moría; y cinco minutos desi ués extendía I) Anselmo el certificado de defunción. Así anunció D. Anselmo la muerte del padre de Antolín; así anunció la de su madre. Y ni aquel señor id esta señora osaron vivir ni una hora m á s que aquéllas que el doctor había fijado en sus infalibles pronósticos. Por eso Adelardo mandó llamar á 1) Anselmo. Hacía más de un año que no le veía, porque Adelardo había estado viajando por el extranjero; según malas lenguas afirmaron, en compañía, de una bailarina. Sin duda por tal motivo le repiqueteaba y bailaba tanto el corazón en aquella triste mañana de invierno, en que, tendido en su butaca y al lado de la chimenea, esperaba con cierta ansiedad la visita del médico. Llegó éste, y médico y enfermo se abrazaron afectuosamente. Después el médico le miró con fijeza, y Ade lardo notó algo en el doctor. D. Anselmo ó estaba ó se puso pálido. Sus ojos brillaron por manera extraña. Quería hablar y no encontraba palabras. Le cogió las dos manos al atribulado joven y las estrechó fuertemente. Después las dejó caer (ron desaliento y él mismo se dejó caer en el sofá. El pobre Adelardo sintió que la sangre se le ¡lelaba en las venas, y empezó á temblar como si estuviera en el período álgido de unas tercianas malignas. Al fin, esforzándose por sonreír, como se había sonreído en su primer desafío, una de esas sonrisas en que la dignidad y el miedo dividen los labios por mitad y les dan curvaturas caprichosas, preguntó el enfermo: ¿Con que estov muy malo, doctor? El doctor le miró con mirada triste: los ojos se le llenaron de lágrimas, y murmuró en voz muy baja algo que el enfermo tradujo de este modo: Pobre hijo mío! Adelardo ya ni se tomó el trabajo de sonreír. El cabello se le erizó y el corazón se desbocíó del todo. Sin embargo, recordó que todavía era hombre; dominó su angustia y dijo incorporándose en la butaca: ¿Muy grave? D. Anselmo replicó: -Mortal,