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i ZLE: iDiiDA. e í: x: Aca? j s I. Li- i imijiii- es vci- daderaniente elegantes sienten horror bm- ia las botaSj cáiícles demas- iado opresoras de sus lindísimos pies. VA coquctón zapato, qne inventó sin duda en una hora de inspiración algún genio de la zapatería, acomódase, por el contrario, maravillosamente á los pies femeninos, que no huellan el suelo, sino que se deslizan p o r él, sosteniendo al esbelto cuerpo, no on actitud vulgar de marcha, sino en la gentil del pájaro que aun cuando camina parece que vuela. Pero como el barro es un enemigo terrible de la coquetería, en esos desesperantes días de invierno durante los cuales Madrid parece el pueblo más abandonado de la Mancha, los menudos piececitos, acostumbrados al diminuto zapato que les i) erinite lucir toda la gracia y toda la elegancia de sus líneas, tienen que transigir con la pesada y opresora bota, que aun procediendo de habilísimo maestro, si no afea, encubre tantas perfecciones. Y contra esa inevitable desdicha, sólo le es posible á la mujer elegante recomendar una y mil veces al maestro que tome medidas exactas de sus piececitos, para que las botas no resulten demasiado hombrunas; es decir, no tan exactas que el calzado no parezca inglés, porque el toque de la zapatería está en que los pies pequeñísimos de las españolas se amplíen artísticamente hasta el ideal que para los suyos se lian forjado fatalmente las inglesas. J) e todas suertes, las madrileñas que para las horas de diversión y de alegría encierran sus pies en el zapato coquetuelo, sólo transigen con las botas los días do lluvia. l s éste, pues, el calzado de las horas aburridas y tristes. Por eso sin duda exige medidas exactas! Pero cuando pasa la juventud y se acaban las coqueterías femeninas, aquellas inismas señoras que edían al maestro la mayor exactitud en las medidas do sus antipáticas botas, le permiten y aun le recomiendan cierta amplitud en el tamaño de éstas. Los días tristes no tienen ya fm, y hay que recibirlos CÓIÜOd amento! iincjo ni; MAU. ME OIRONF. LI. A