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Los malos espíritus hacen su aí osto para todo el año. El Carnaval del infierno es ejercicio de astucia y de ciencia diabólica antes que ejercicio de lengua y de pies como por acá. Los diablos y diablas no se requiebran á través de las caretas, ni saltan y brincan en sus plazas, haciendo contorsiones de orangután y azotando á los chiouelos con el rabo como los diablejos falsificados de Recoletos. Ni bailan en los negros salones del abismo iluminados por las llamas eternas, ni atruenan las calles con sus comparsas filarmónicas, ni se tiran á la cara serpentinas y papelitos de colores, ni sus autoridades municipales instituyen premios para el coche mejor adornado ó la estudiantina mejor organizada. Todo eso es muy inocente y muy inútil, tanto en el mundo como en el infierno. El Carnaval diabólico se reduce á disfrazarse. Sólo que los de acá nos disfrazamos para ser conocidos y burlarnos á nosotros mismos, y los de allá se disfrazan para no ser conocidos y burlarse de nosotros. Xo hay concursos ni premios, porque los diablos no necesitan para mentir de otro estímulo, que el de su propia perversidad, ni de otro premio que el de la satisfacción de ella. ¿Y qué disfraces más vistosos y engañadores que los de aquellos diablos principales, padres graves y proceres del infierno? Los siete demonios directores- -siete son allí, como aquí, los que forman el ministerio infernal, -los siete que en el mundo llamamos pecados capitales, aplican todo su entendimiento y habilidad á la hechura de la máscara. Los ministros de esta tierra nuestra también los aplican, pero con menos éxito, porque aunque fingen la voz cuando hablan, quedan conocidos en cuanto actúan. El disfraz de los pecados capitales es más hondo: va á los actos y el carácter. Tiene, sobre todo, la astucia de evitar los peligros de la exageración denunciadora. La soberbia, si se disfraza de humildad, es pronto conocida: no sabe comprimirse ni encorvarse; el erguimiento involuntario y habitual de la cabeza la delatan, aunque vaya embutida en la capucha frailuna. La máscara resultaría así tan candorosa como las venus que se visten de beatas en nuestros bailes públicos. Por eso el demonio de la soberbia se pone careta de dignidad. La avaricia no se disfraza de liberalidad: se vestiría de viejo, y la conocerían. Se viste de prudencia. La lujuria no se disfraza de castidad: le relampaguearían los ojos y se, vendería. Se viste de amor. La envidia no se disfraza de caridad: maldeciría a! primer hombre feliz que hallase. Se viste de justicia. La ira no se disfraza de mansedumbre: se la irían las manos y se la conocería. Se disfraza de honor. La pereza no se disfraza de diligencia: iría á medio vestir. Se viste de superioridad. La gula no se viste de templanza: se comería la cena de su pareja, además de la suya. Se viste de grandeza, y así puede pedir cuatro cenas para dos personas. Y enmascarados de tal m a n e r a los siete demonios capitales, en vez de bailar y hacer burletas con sus compañeros, se suben derechitos á la tierra para e m b r o m a r á la h u m a n i d a d d u r a n t e todo el año. No hay lugar público ó privado, palacio ni casuca, rincón ni escondrijo que ellos no recorran metidos en el espíritu del hombre, que los lleva dentro sin conocerlos. El soberbio piensa que es digno y que sus vanidades no son sino actos que le aconseja el decoro de su persona. El avaro cree que procede por prudencia y previsión de las contingencias de la fortuna. El lujurioso, que obedece á movimientos de lícita pasión amorosa. El iracundo derrama la sangre ajena imaginando que la pide su honor. El glotón convida á festines y banquetes, juzgando que asi luce su generosidad. El envidioso aborrece el mérito de los demás cumpliendo deberes de justicia, porque aborrece la injusticia de reconocer méritos en quien no los tiene. El perezoso considera indigno de hombres superiores ocuparse en las pequeneces de la vida miserable. ¡Ah, virtudes morales, cuánto se peca en vuestro nombre! Con qué diabólica habilidad las malas pasiones se enmascaran con vuestros antifaces en las Carnestolendas infernales, para darnos luego la pesadísima broma que el Comendador de Calatrava da á D. Juan: la de llevárselo á cenar con él u n hermoso plato de fuego y cenizal Afortunadamente y para consuelo de asustadizos, el Carnaval decae en todas partes: hasta en el infierno, según las últimas noticias. Los hombres no necesitamos ya de días fijos para parecer locos. Singularmente los españoles lo parecemos á cualquier hora de estos últimos años. EtTGBXiO SELLES Il- u. ios i K l: i. ANi: o CORÍS e la Real Academia Kspañoía