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l A v fTM- I ti TTT Zil CoDio do músicos, poetas y locos, todos tenemos un x oco, resulta evidente que la humanidad, suma de c. -as luúsicas, poesías y locuras, tiene su vena de demencia hereditaria. í o quiere confesarlo: pero la naturaleza, uiás fuerte que el artificio social, se impone, y la obliga á dar suelta á la vena durante una semana de ca. da año. Y h e ahí explicada la institución del Carnaval. En él, la humanidad hace como que se tinge loca, para i! ar á entender que no lo está el resto del año; disimulo tan igual y tan inocente como el de esas personas nerviosas que hacen muecas y visajes ridículos, y, p a r a m a n t e n e r la dignidad del rostro, aparentan que Lis contorsiones son voluntarias. Leyes y costumbres autorizan desde muy antiguamente la mueca anual, para encubrir y disimular dei oro sámente la mueca espontánea. Y de esta s u e r t e nos quedamos tranquilos, advirtiendo que no debe de faltarnos el juicio cuando la ley nos deja andar sueltos por las calles. i Y con qué fe t o m a m o s el asueto! La imitación es tan perfecta, que se confunde con la verdad. Las ciudades son manicomios abiertos: manicomios sin loquero. Turbas que van y vienen sin saber adonde ni por qiré, corriendo y saltando con movimientos de mono escapado. Gritería indefinible que no es ni la del dolor, ni la del placer, ni la del entusiasmo de la m u c h e d u m b r e cuando expresa afectos colectivos. Tumulto inofensivo que no es el t u m u l t o de las irritaciones populares; carcajada escandalosa que no es de alegría; voces desafinadas hablando á la vez, sin pedir ni esperar contes tación; un monólogo de la multitud. Las manías lunnanas tomando su ser y forma fantásticos, como se las dan los orates en el iiatio de su reclusión. Los que se dicen cuerdos, coronándose con la caperuza de papel del mentecato. Los que se dicen hombres, vistiéndose la falda mujeril. Las que se dicen mujeres, ciñéndose el pantalón hombruno. Los (lue se dicen racionales, apropiándose la piel de los brutos de la selva. ¡Quién sabe si lo que todos ellos juzgan disfraz pasajero es la figura adecuada que les pide el instinto I Y detrás del traje grotesco, detrás de los cascabeles del payaso, detrás de la cara embadurnada, detrás do todo eso que rebaja la dignidad, se atrinchera el descaro para descargar los sentimientos guardados en el ¡leebo, y provocar, ofender ó herir bajo la defensa de la máscara. A s i l o s locos enseñan lo recóndito de su alma enferma, libre de las cadenas d e l r e s p e t o social. Todos los caracteres de la locura manifestados en ese asueto anual. Quien sabe fingir con tanta propiedad la demencia, la siente dentro, la tiene en su naturaleza. La mueca nerviosa del excitado; el delirio sin fiebre del histérico; el grito inarticulado de la meningitis; el accionar sin interlocutor; la risa sin placer; el soliloquio del enajenado: todos, todos los síntomas unidos. Lsa humanidad es una loca; una loca m a n s a que se conoce en Carnaval. EL CARNAVAL EN EL CIELO También el cielo tiene su día de máscaras: un día, y no más como en la tierra, porque sólo puede permitirse un día á la mentira, aun siendo inocente, en aquel alto paraje donde reina y gobierna la verdad. No son fiestas nocturnas: en las eternas claridades celestiales no hay noche. No son fiestas de aturdimiento vertiginoso: son de alegre dulzura, propias de los que viven satisfechos de sus buenas obras y seguros de iiu caer de ellas. El cielo es la alegría de la conciencia. Allí ni ángeles, ni serafines, ni tronos, ni dominaciones, se disfrazan. El buen gusto de aquellas legiones no afea con ningún traje fantástico la hermosa figura verdadera de los seres celestiales, vestida de la luz de sus alas. Se recrean con un entretenimiento simbólicamente piadoso: en disfrazar á sus cuatro hermanas mayores, las cuatro virtudes cardinales. Adsten á la Prudencia de desgracia p a r a denotar que el sufrimiento de los males de la vida hace prudente al hombre. El placer es indiscreto, la prosperidad soberbia, la fortuna temeraria, el éxito osado, porque juzgan que todo lo merecen y todo lo pueden. Sólo la experiencia de nuestras adversidades nos hace cautos, pacientes V avisados.