Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
4 I e i I I y- ¿Por qué no habré dicho en casa de los de Irujeda que me sentía eaíermo? Alguien me habría aeompailado alguien estaría aquí para socorrerme ¡Sí, pero se hubiese descubierto todo todo! mi verdadera situación, mi pobreza esto que he logrado ocultar siempre. Y esos mismos que me han concedido SH amistad y so afecto, acaso por caridad y lástima me auxiliarían mientras estuviera enfermo; pero después después ya no. Yo sé cómo tratan á los necesitados; yo he visto el desprecio con que miran á los que piden aun lo m á s preciso. A mí me lo han dado todo, porque nunca les he pedido nada ¡Miserables! ¡Qué alegre es este D. Juan! dicen ellos sin adivinar las amarguras, los dolores intensos de mi corazón, desgarrado muchas veces al ver de qué modo despedían á los desdichados como yo, que no habían tenido la habilidad de ocultar su miseria y sus desventuras. Bien hice, sí, bien hice en disimular mi enfermedad como mi pobreza ¡Que sigan ignorándolo todo! Si salgo con bien, esos amigos me proporcionarán una convalecencia cómoda, u n a quinta en el campo donde recobrar mis fuerzas; he de tener, como siempre, cuanto necesite; y si me muero lo mismo da. Cayó después en un letargo profundísimo; sobrevino la congestión cerebral, rápida como un golpe de maza, y el pobre D. J u a n quedó rígido y yerto La patrona, que entró por la mañana á despertarle, salió de la alcoba dando gritos, y acudió toda la vecindad, y se avisó al Juzgado, porque el difunto no tenía familia, ni sabía nadie quiénes eran sus amigos y conocidos. Judicialmente, se hizo todo lo necesario para la conducción del cadáver al cementerio del Este, y el martes de Carnaval, en un modesto coche fúnebre, sin acompañamiento alguno, se llevaron al pobre D. J u a n al hoyo grande. A pesar de que la tarde era fría y desapacible y de que soplaba recio viento del Norte, llenaba las calles m u c h e d u m b r e ruidosa que reía y cantaba con el regocijo carnavalesco, no parecido á ningún otro. Los t r a n s e ú n t e s sin disfraz y los enmascarados deteníanse, sin embargo, sorprendidos y tristes al ver el coche de los muertos, que á lento andar se dirigía al camposanto. Como antes de llegar á las afueras por los barrios bajos había recorrido varias calles, y en todas, de acera á acera, suspendidas de las barandillas de los balcones, había millares de serpentinas que formaban una red flotante, llevaba el carro fúnebre, enredadas en la crestería neo- greca que le servía de remate, muchas de aquellas cintas de papel, amarillas, azules, verdes ó rojas. Sobre el ataúd, forrado de tosca bayeta negra, se destacaban innumerables puntos multicolores formados por los confetti que el viento había hecho volar, y en lo alto del coche fúnebre flotaban, ligeras como gallardetes, las ondulantes serpentinas. Así, la alegría superficial, esa que to (ios ven y que no es casi nunca la verdadera, acompañó á D. Juan hasta el borde mismo de la sepultura. M I G U E L RAMOS CAKRlON DIBUJOS DE M É N D E Z KRINGA