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consideraciones y le demostraban tal aprecio, ni siquiera le habrían saludado si hubieran sabido que todas las rentas de D. J u a n se reducían á seis reales diarios. ¡Una peseta cincuenta céntimos! Con eso vivía como un potentado. De un hermano suyo heredó unos pocos miles de pesetas, y en lugar de gastárselos alegremente, los depositó en la Caja de Ahorros, cobró con puntualidad la exigua renta, y á ella se acomodó, repartiéndola equitativamente para sus escasas necesidades. Habitaba, y dijérase mejor dormía, porque sólo para esto utilizaba el humilde hospedaje, en un quinto piso de una modestísima casa, donde una pobre mujer, viuda con varios hijos de corta edad, le cedía una alcoba con limpia cama por dos reales diarios. El desayuno, que no siempre tomaba D. J u a n costábale treinta céntimos, y el resto de sus rentas lo invertía en las atenciones ya apuntadas anteriormente. Varias casas había recorrido en algunos años, y ninguna encontró tan de su gusto como aquélla, donde nadie le preguntaba quién era, ni de qué vivía, ni en qué se ocupaba. Ija patrona le estimaba por su puntualidad en pagar el pupilaje, por lo poquísimo que le daba que hacer, por su carácter franco y alegre y por los dulces que para los niños traía frecuentemente en los bolsillos del frac, y que les daba entre besos, caricias y mimos. Para sus innumerables amigos vivía siempre en el hotel de Suiza, y allí recibía las tarjetas y cartas dirigidas á su nombre, porque el dueño de la fonda, amigo y paisano suyo, quiso conce derle este favor á cambio de otros, como recomendarle en trances difíciles á gente de influencia en los centros oficiales, donde tenía don J u a n personas á quienes sólo molestaba para estos fines. Así hacía en apariencia una vida costosa, puramente fantástica, que le servía para sostener aquel imaginario crédito, fuente y origen del bienestar que disfrutaba. 8i alguien iba á visitarle decían en l a f o n d a que no estaba en casa, y nadie extrañaba que se encontrase fuera de la suya quien vivía siempre en la de los amigos. El primer día de Carnaval había D. J u a n almorzado en casa de los Sres. de Irujeda, familia ilustre y opulentísima, y allí se habla quedado á pasar la tarde, preparando la lluvia de confetti que había de arrojarse desde los balcones, mezclada con un verdadero laberinto de serpentinas. De pocos sitios seguramente se habrían disparado con tanta profusión u n a s y otros; la m u c h e d u m b r e apiñada en la calle miraba con asombro á los balcones de donde partía aquel incesante tiroteo. Y cuánto gozó D. J u a n aquella tarde I El re- gocijo popular, los ruidos de la multitud, las músicas, los gritos de los enmascarados, todo aquello se avenía con su carácter y sus gustos y sus aficiones; todo aquello era él, era alegría. Pero ya anochecido, y cuando agotadas las serpentinas y los confetti se retiró al interior de las habitaciones, sintió D. J u a n un escalofrío intenso y un malestar extraño que le obligó á retirarse muy temprano á su casa, para lo cual buscó un pretexto por no disgustar á sus amigos con la noticia de su indisposición, ni hallarse en el caso de que alguno quisiera, al verle enfermo, acompañarle hasta su misterioso domicilio. Ya en éste, al que llegó con grandísimo esfuerzo, se acostó, presa de violenta fiebre, sin sospechar siquiera la gravedad de su estado. Pasó la noche delirando; pero en medio de la ardorosa calentura en: ipezó á darse cuenta de la proximidad de la muerte, y se apoderó de él u n terror glacial que paralizó sus miembros y que solamente dejó energía en el cerebro para apreciar con toda exactitud lo espantoso de la realidad; y el pobre D. J u a n pensaba así: -Dios mío, yo voy á morirme aquí solo, sin que nadie me auxilie, pues ni aun tengo fuerzas para llamar.