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r i- L J- V J I V 1 i 1 S HK F 1) J u a n Alegría era apreciado en todo Madrid por su carácter jovial, su conversación animadísima y su fisonomía siempre regocijada sonriente: aquel ape llido no significaba, como tantos otros, una ironía ó un engaño. Alegría se llamaba el buen señor, y lo justificaba aspecto, sus palabras y sus obras. Tamas se le vio taciturno ni triste, y aunque disfrutaba con justicia reputación de hombre formal, rt nunca fué serio á la manera de esos que no se ríen í P descomponer su continente grave, señal casi siempre segura de hipócrita formalidad. lií- fl IBt Debido á esas condiciones de carácter, tenía don Juan muchos amigos, gente que le quería de veras y que se procuraba su compañía por todos los medios. Nunca le faltaban á D. J u a n casa en que comer, tertulia donde divertirse, ni sitio en buen palco para asistir á las funciones teatrales. Y, sin embargo, no podía considerársele como un gorrón vulgar, como un parásito de los que viven á y costa ajena; porque era tan solicitado, que muchatj veces hallábase perplejo para decidir en qué casa había de comer ó almorzar, por ser varias en las que estaba convidado el mismo día. Resolvió, por fin, para ahorrarse esas dudas, repartir todos los de la semana entre los catorce amigos de su mayor intimidad, y así almorzaba y comía de balde todo el año. Muchos llevaba así, y puedo asegurarse que los únicos gastos de D. Juan eran lo que le costaba el hospeda je para dormir y tomar un frugal desayuno, y lo que pagaba por lavado y planchado. La ropa interior y exterior le duraba eternidades, porque era cuidadoso y aseadísimo, y con un traje negro de levita ó frac, según las circunstancias, un gabán de invierno y un sobretodo de verano, iba el hombre tan bien vestido como el mejor y no hacia mal papel en ninguna parte. No fumaba, ni tenía vicio conocido, y en el café, donde acompañaba á los amigos, jamás tomaba nada; y como prueba de lo simpático y agradable que era á todos, baste decir que los mozos le servían con gusto el vaso de agua sola que á veces pedía, contestaban afectuosos á su saludo y hasta le ayudaban á ponerse el gabán, como á los parroquianos que daban buena propina. Verdad es que no le faltaba nunca alguna frase grata con que pagar aquellos servicios, y si sabía, por ejemplo, que un camarero tenía enfermo algún individuo de la familia, le preguntaba por él y hasta le recomenda ba tratamientos adecuados á la dolencia. ¿De qué vivirá éste D. Juan? preguntaban algunas veces los que le conocían. Pero nadie se propuso averiguarlo ni pasó de mera curiosidad la tal pregunta. Bastaba á la gente saber que no pedía nunca nada, que era hombre fino, cortés, bien educado, discreto y honradísimo, aunque tal vez esta cualidad, la más estimable de todas, no fuera la que le abriese las puertas de todas las casas, donde lo recibían como á un amigo íntimo. Decíase que era hombre de regular fortuna y que vivía de sus rentas, y cuando en tono de broma se lo indicó alguno, contestó con una cuchufleta que dejaba lugar á la duda. D. Juan, pues, vivía, como tantos otros, de un crédito imaginario, sin el cual no habría podido sostenei- se en aquella esfera, donde le m. antenían sus jnéritos perscmales, y principahnente aquella jovialidad estiniadi sima por todos. Es probable, ¿qué digo? es seguro que aquellos que le daban de comer y le divertían y le gnardaiiar. tanta. REÍK HBSJÍ HBn Bk j j- -iK K I