Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
IVIVA EL CHAMPAGNE! El pobre Juanito Duarte liabía nacido con la leyenda del hombre feliz; al menos, en ese conw H H H n B l HHHB SiCPBZ. cepto le envidiaban todos sus ami ros y compaiijív H H I H H V H H B 3 E 3 K V ñeros; y sin embargo, no era así. El pobre Juanito derramaba amarguras muy grandes y sufría penas muj hondas, pero de naiia le servía pasear á voces STI cara t iste y suspirar muy fuerte: no había quien le tomara cuenta de sus- as; antes al contrario, como había nacila leyenda del hombre feliz, en broma 1 iis apuros, y hasta se lo ireguntaba para cesitaba el dinero. Y Juanito sonreía, I I la gente se había hecho á la idea de verle rodeado de botebas de champagne, en ierpetua juerga, y sin saber una palal) ra de las crudezas de la vida; y bien sé yo que era muy al contrario, que todo era consecuencia de la diclio. a leyenda. Se decían cosas de Juanito, y mucho Juanito or arriba, y todo eran cariños y alegrías exteriores; pero el pobre no salía de su paso, embarrancado siempre y preparando un chiste en sus labios para tapar algunas veces los pujos de una lágrima. Xunca hacía más gracia que cuando contaba stis tristezas, y si ahondaba un poco y buscaba la nota sentida, entonces aumentaba el éxito. Como esta fatalidad siempre iba con él de bracero, nada de particular tiene lo que le sucedió una noche en un baile de máscaras. Fué el día que precedió al baile un día de prueba para el pobre Juanito. Ya se ve, como nadie creía en sus desgracias, nadie sospechaba ni remotamente que tuviese necesidad de pagar al casero, y sin embargo, mi pobre amigo, si no le pagaba en un plazo angustioso lo que le adeudaba, la calle era con él al atardecer del siguiente día. Ya le costó trabajo, á pesar de tener muchos amigos, dar con uno que se brindara á empujar la rueda de aquel bache, y buen calvario el sirvo de decepciones y desengaños. Pero al llegar la noche suspiró. El problema se había resuelto, y en aquellos enormes bolsillos del paletot de Juanito hallaron hosijedaje dos billetes de cincuenta pesetas. Y mi hombre, satisfecho, se fué al baile, sugestionado por los amigos (lela pandilla. Cuando entró en el salón y le vieron, de todos los rincones le brindaron u n a caña de manzanilla. Y en todas partes le señalaban con las palabras de la leyenda. ¡Ahí tenéis á Juanito, el hombre m á s felizh) De cuando en cuando so aseguraba de que los veinte duros estaban allí, que no era un sueño, y hasta les pasaba la mano acariciándolos. De pronto dos mujeres, caprichosamente vestidas, se agarraron de su brazo. Y como el demonio de Juanito era tan simpático, aquellas dos máscaras acordaron no separarse do él. ¡Qué suerte tienes! -le decían sus amigos. -i tlasta en eso eres u n h o m b r e feliz! Dieron unas cuantas vueltas, y las dos anngas x lanearon á Juanito un convite modesto: dos botellas de champagne. Y allí fué el palidecer de mi hombre, el defenderse contra la tentación; pero ellas apretaban y ponían en juego todas sus artes para satisfacer el capricho, disparando cruelmente contra la vanidad de Juanito. ¡Roñoso! -le decían. ¡Un escritor como tú, que escribe en todos los periódicos! ¿Para qué quieres el dinero? Y Juanito seguía defendiéndose, buscando un argumento poderoso, enseñando un bolsillo del chaleco; pero, por desgracia suya, se equivocó de lado, y asomaron por el otro bolsillo, flamantes y nuevecitos, los dos billetes de cincuenta pesetas. ¡Y decías que no tenías dinero! ¡Vamos! Merecías que te gastáramos los dos billetes, por Sucumbió. El qué dirán, el peso de la leyenda, u n escritor tan conocido, con u n puesto tan brillante; nada, no hubo remedio. Los taponazos del champagne fueron las salvas de sus veinte duros. Salió del ambigú y en él quedaron las dos caprichosas máscaras, elevando gallardamente sobre sus cabezas las copas del vino galante, con aire triunfador. Juanito llegó al alborear á su casa y suspiró. Aquellos veinte duros de su alma, conseguidos después de u n calvario larguísimo, hubieran sido su salvación. L a lucha continuaba; pero en cambio se había salvado la leyenda. ¡Porque cualquiera convencía á las gentes de que Juanito no era un hombre feliz! D I B U J O D E! R I B E R A LUIS GABALDON