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j KI XJIvTIlVLO IVrASCi T i Juzgué ya á Madrid libre del fatigoso escándalo del Carnaval, y m e lancé á la calle muy de m a ñ a n a el jueves siguiente al día ile Ceniza. Leí la nocbo antes en varios periódicos que la sardina había sido enterrada dignamente en la p r a d e r a del Canal e n t r e las borracberas d e máscaras astrosos, y pensé que en esa pradera y con esa sardina quedaba el Carnaval madrileño sepultado, y a u n imaginaba q u e éste había dicho moviendo melancólicamente los cascabeles d e su gorra ante la fosa del sabroso pez: qxie nos entierren j u n t o s I Por eso fué grande mi sorpresa al ver en la calle un máscara; un máscara d e lo más plebeyo del ramo; u n máscara envuelto en u n a colcha y blandiendo u n a escoba sin palma apenas, que á pesar d e esto recordaba todas las suciedades que se barren en el m u n d o E r a u n superviviente del Canal; el último veterano del entierro de la sardina; hombre ó máscara al fin para quien el Carnaval no había podido acabarse, puesto que su propia borrachera duraba. Venía por la calle haciendo repetidas eses, y á veces se detenía profiriendo salvajes imprecaciones. Y entonces u n a pobre mujer del pueblo, miserablemente vestida, que tras él caminaba con u n mamoncillo en brazos, se le acercaba y le decía mansamente: ¡Pedro, basta ya; vamonos á casa! -jA casa! ¡á casa! respondía con salvaje acento el máscara. ¡Todavía es Carnaval, y tengo que divertirme mucho! Ahora voy á la tienda del Tuerto á beber unas lamparillas al liado y a r m a r bronca; después á la taberna d e Paco, y después- -Después al hospital, -concluía la p o b r e mujer con voz apenada. -Pues al hospital á emborrachar calandrias, -gruñía él, y tornaba á las eses. ICn u n a de las paradas oí que la mujer suplicóle: ¡Mira, Pedro, que estoy desde ayer sin comer; dame el dinero que tengas. -JNÍO tengo dinero, respondió el máscara furioso. Dame entonces la colcha! ¡La colcha, la colcha! gritó él. listo no es u n a colcha, es el uniforme del emperador de Marruecos. La aventura terminó bruscamente. E n u n a d e sus eses el m á s c a r a se fué como u n toro sobre los cacharros de cierta vendedora callejera de leche adulterada, y el borracho, el puesto y la vendedora cayeron con estrépito á u n suelo r e p e n t i n a m e n t e blanco. A los gritos d e la maltrecha v e n d e d o r a acudieron los guardias, y apoderándose del causante d e todo aquel desavío, dijeron como ellos saben decirlo: ¡A la prevención! -A la prevención, no- -gritó la mujer del máscara mientras el chiquillo se desgañitaba llorando. -Sí, señora, á la prevención; ¿y usted quién es? p r e g u n t ó u n guardia. -Soy la mujer d e ese hombre. -Pues no pase usted cuidado por él, repuso el guardia humanizándose; dormirá la filoxera en preven, y luego ya veremos. -Toma la colcha, dijo en esto dignamente el borracho despojándose del disfraz. ¡Puesto que voy á dormir, toma la colcha! Los guardias se lo llevaron; la mujer se fué tras ellos hasta la prevención, y poco después e n t r a b a e n u n a casa d e préstamos y salía sin la colch? ¡Ahora queda, dije yo, v e r d a d e r a m e n t e enterrado el Carnaval madrileño I E l último máscara en la prevención; la última colcha empeñada ¡Alegre Carnaval de Madrid, h a s t a el año que viene! DIBUJO DE nUEIlTAS GiNÉs r IÍ PASAMONTE