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fí- r t A la odalisca deslumbrante (ie vestidura de diamante y elegantísimo turbante como un adorno sensual, sigue un Lohengrin, que en la carrera lleva u n a luz que reverbera en el crestón de la cimera como relámpago triunfal. Tras de Oleopatra soberana, mezcla de egipcia y de gitana, que de la errante caravana lleva en los ojos el ardor, va u n Japonés engalanado, de colorines salpicado, y el quitasol disciplinado como el ensueño de un pintor. Sigue un Tenorio pendenciero aún más rulián que caballero, en la cintura fuerte acero y en el birrete pluma real; y va á su lado la profesa que de su amor fué rica presa, y en cuya tez de leche y fresa liay las dulzuras del panal. MASCxVRADA Entre el girar de mil tropeles pasan ropajes y caireles, pasan pierrots con cascabeles, pasan disfraces en montón, y abigarrando el torbellino, van lo vulgar y peregrino, van lo profano y lo divino en delirante confusión. Vese á u n a maja de Sevilla con su peineta y su mantilla, con su mirar que ríe y brilla, y en su garganta breve cruz; V de un torero avanza al lado, cuyo ropaje iluminado lo deja en chispas erizado como una estatua de oro y luz. A la del vate amada Celia ó á la gentil y blonda Ofelia, con las mejillas de camelia y en las pupilas el candor, sigue de Oriente un rey lujoso, policromado y ostentoso, en cuyo traje esplendoroso se admira un triunfo del color. Presa de duda que la incita, va melancólica y contrita la fascinada Margarita entre el diabólico tropel, mientras Luzbel, que la recata, dando á escuchar su serenata, muestra los cuernos de escaria como pistilos do u n clavel. J u n t o á Eosina picaresca, con la sonrisa alegre y fresca, que en lo graciosa y lo goyesca es española encarnación, va Don Quijote el exaltado, lacio el semblante amojamado, lacio el aspecto fatigado, vivo el inmenso corazón. Cada figura, idealizada por lo sublime ó depravada á quien dejó inmortalizada la inextinguible tradición, del oleaje de la gente pasa flotando en el torrente, dando color á la esplendente carnavalesca procesión. Un tiempo vio regocijada á la atronante mascarada, la que también llevé adornada, alma, de rosas y de luz; pero hoy su encanto ya no existe; hoy y a de rosas no se viste; ¡hoy sólo está lánguida y triste como las ramas del sauz! SATJVADOR K U E D A V vV IJUiLMO 1 E MKNDEZ i; RING.